Neuronas, hormonas, infancia, genes y cultura en un mismo libro
Los genes no determinan casi nada, pero influyen en todo. Y lo que más pesa en tu salud no es solo ser pobre, sino sentirte pobre.
Mi lectura de Compórtate, de Robert Sapolsky, el libro con más enseñanzas respaldadas por la ciencia que he leído: la amígdala y la corteza prefrontal, el cerebro adolescente, la dopamina, la testosterona, la oxitocina, el estrés y el estatus, la huella de la infancia, los genes y el azar.
El episodio arranca con «Papá olvida», la carta de W. Livingston Larned que Dale Carnegie recoge en Cómo ganar amigos: un padre que, de noche, junto a la cama de su hijo, se da cuenta de que lleva todo el día corrigiéndole. Termina con una idea que encaja con todo lo que viene después: en lugar de censurar a la gente, tratemos de comprender por qué hace lo que hace.
Eso es justo lo que intenta Compórtate. Robert Sapolsky es profesor de Biología y Neurología en Stanford, y sus clases grabadas en YouTube son una maravilla: improvisación, humor y referencias de todas partes. El libro tiene pinta de ser el resumen de lo aprendido en toda una vida. No cabe en un episodio, así que esta es mi reinterpretación de lo esencial.
El Metajuego
Mirar un problema con varias lentes a la vez, sin quedarse atrapado en una sola disciplina, es la base del Metajuego, mi máster en solución de problemas complejos.
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Anfitrión
Fernando Alonso
Píldoras del Conocimiento. Profesor universitario e investigador en robótica social.
Píldoras del Conocimiento · Episodio 67Página 1 de 5
Primera parte · Las lentes
Cuando solo tienes un martillo
Pregunta a un biólogo por qué somos agresivos y quizá te hable de genes y hormonas. Un psicólogo te hablará de la primera infancia. Un sociólogo, de las estructuras culturales, políticas y religiosas. Como dice la frase atribuida a Maslow, cuando un hombre tiene un martillo, todo le parece un clavo.
Sapolsky advierte desde su primera clase de esos «cubos» en los que se quedan atascados hasta los grandes expertos. Yo lo veo mucho en inversión: gente atrapada solo en la contabilidad o solo en lo cualitativo. Las categorías ayudan a entender el mundo, pero si miras demasiado los límites, no ves el panorama completo. Por eso el libro explica la conducta con neuronas y hormonas, pero también con psicología, evolución, cultura e historia.
Tres capas, una metáfora útil
El modelo del cerebro triuno divide el cerebro en tres capas: la más interna, heredada de los reptiles, regula lo automático, como la respiración o el ritmo cardiaco; encima, el sistema límbico, el cerebro emocional que compartimos con otros mamíferos, y por fuera, la neocorteza, responsable del pensamiento abstracto, el lenguaje y la planificación. No es una descripción exacta, el cerebro es demasiado complejo para trocearlo así, pero sirve para ordenar ideas.
La amígdala es el centro de la alarma, la ansiedad y la agresividad. Es la que te hace saltar medio metro cuando confundes una manguera con una serpiente, y la que dispara la respuesta de lucha o huida. Está pensada para activarse un momento y apagarse. El problema es que hoy se activa por amenazas de las que no podemos huir, como la hipoteca o los impuestos, y eso desemboca en estrés crónico. Estimularla con un electrodo puede desencadenar ira repentina.
La corteza prefrontal es el adulto de la habitación: decide con estrategia y frena impulsos. Es la protagonista del famoso test de las golosinas, en el que los niños que aguantaban sin comérselas tuvieron después mejores resultados académicos; estudios posteriores han matizado bastante ese efecto. Y los daños en esta zona se asocian a conductas más agresivas.
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El cerebro adolescente
Ningún animal tarda tanto como nosotros en desarrollarse fuera del útero. Una ardilla aprende enseguida a encontrar nueces; un ser humano puede tardar décadas en aprender a ser ingeniero de software. El cerebro no se asienta hasta pasados los veinte años: el adolescente tiene muchas neuronas, pero desorganizadas, y la madurez consiste en podar las que sobran y reforzar y mielinizar las conexiones útiles.
La corteza prefrontal es la última en madurar. Por eso los adolescentes buscan más novedad y riesgo, y por eso son tan sensibles a la presión del grupo: el rechazo les duele más y la necesidad de pertenecer es frenética. Sapolsky habla de un «entrenamiento para la desviación»: en grupo, la tendencia va hacia lo menos sano. Es más fácil que el que bebe arrastre a los demás que al revés.
La dopamina premia la búsqueda
La cantidad de dopamina que liberamos depende de nuestras expectativas. Si tu perro espera una golosina y le das dos, se vuelve loco de contento; si espera dos y recibe una, se decepciona; si recibe justo lo esperado, poca cosa. Lo que ayer fue un placer inesperado es hoy lo que creemos merecer, y mañana no bastará.
Cuando aprendemos que una conducta lleva a un premio, la dopamina se libera antes de actuar, no después. En experimentos con monos, cuando la pasa llegaba solo la mitad de las veces que pulsaban la palanca, la dopamina se disparaba todavía más. Ahí está la clave de por qué engancha el juego, y también de por qué un bonus que todos dan por hecho deja de motivar. Lo desarrollé a fondo en el episodio 69, sobre la ciencia del enganche.
La dopamina no tiene que ver con la felicidad de la recompensa, sino con la de perseguirla.Fernando Alonso
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Segunda parte · Las hormonas
Testosterona, oxitocina y estrés
La testosterona se asocia a la agresividad, pero no de forma automática. En un estudio de 1977 con monos, darles testosterona no convertía a un macho de rango medio en un rebelde contra el alfa: solo exageraba los patrones que ya tenía, y se metía un poco más con los de debajo. Aumenta la agresividad sobre todo ante desafíos de estatus, reduce el temor y empuja a asumir riesgos. Su gran motor es el estatus: hace que estemos dispuestos a lo que sea necesario para conseguirlo. Por eso Sapolsky propone una idea preciosa: en una sociedad que premiara la bondad, la testosterona nos haría competir por ser los más generosos. El problema no es la hormona, sino lo a menudo que recompensamos la agresión.
La oxitocina, la llamada hormona del amor, se libera con los abrazos, el contacto y la crianza, y refuerza la confianza y el vínculo. En los experimentos, hombres con pareja estable que la recibían en espray nasal valoraban a su pareja como más atractiva y, ante una investigadora atractiva, se sentaban entre diez y quince centímetros más lejos. Pero tiene una cara menos amable: nos hace más prosociales con los nuestros y más despectivos con los de fuera del grupo.
El estrés, a través de los glucocorticoides, nos hace enfermar más y pensar peor; bajo estrés tiramos de la decisión fácil y de las reglas. En babuinos, cuanto más abajo en la jerarquía, más hormonas del estrés, con una excepción: el macho alfa, que vive peleando por mantener su puesto. En humanos, los más estresados no suelen ser los directivos, sino los mandos intermedios: mucha responsabilidad y poco control.
Existe una relación directa entre nivel socioeconómico, esperanza de vida y enfermedad, y la pobreza va antes que la mala salud. Lo sorprendente es que solo un tercio de esa diferencia se explica por los factores de riesgo materiales, como la contaminación o peores trabajos. El resto tiene que ver con el estrés psicológico de sentirse en lo bajo de la escalera.
El estrés también alimenta la agresión desplazada: muchos animales descargan su tensión con los que tienen debajo, y lo inquietante es que les funciona, porque baja su nivel de estrés. En épocas de crisis aumenta la violencia doméstica.
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Tercera parte · Infancia, genes y azar
La huella empieza antes de nacer
Durante el embarazo no solo pasan nutrientes al feto: también el entorno hormonal de la madre. Una madre muy estresada transmite glucocorticoides que dejan un cerebro más sensible a la depresión y la ansiedad. El caso más estudiado es el invierno del hambre holandés de 1944, con los Países Bajos ocupados por los nazis y más de 20.000 muertos. Los bebés gestados durante la hambruna tuvieron después más obesidad, diabetes y esquizofrenia: su organismo aprendió a retener cada caloría. Y el efecto llegó, cada vez más diluido, a la generación siguiente. Hay quien lo ha visto como una pequeña revancha de Lamarck, con muchos matices.
Tras el nacimiento, durante décadas se pensó que un bebé era una máquina que solo necesitaba comida y refugio. Hasta los años cincuenta, muchos hospitales apenas dejaban visitar a los niños ingresados, y morían por infecciones ajenas a su enfermedad. El psiquiatra John Bowlby y su informe para la Organización Mundial de la Salud de 1951 cambiaron esa política: los niños necesitan apego. Harry Harlow lo mostró con crías de macaco y dos madres falsas, una de alambre con biberón y otra de tela sin leche. Las crías solo iban a la de alambre a comer y volvían enseguida a abrazarse a la de tela.
Cuantos más tipos de adversidad sufre un niño, más probables son en el adulto la depresión, la impulsividad o la violencia. Pero es una cuestión de probabilidades: hay muchísimas personas que superan infancias durísimas. Y el juego, incluido el juego brusco de peleas sin intención de hacer daño, es la forma en que los niños aprenden jerarquía, cooperación y reglas morales.
Genes, entorno y azar
La cultura popular habla de «el gen de» la depresión, de la altura o de las matemáticas. La realidad es que los genes no determinan casi nada, pero influyen en todo, y su expresión depende del entorno. Un ejemplo muy citado: cierta variante genética se asoció a más depresión solo en personas que habían sufrido trauma infantil. La mayoría de rasgos dependen de cientos o miles de genes con efectos minúsculos; aun así, el conjunto pesa en la personalidad, la inteligencia o el riesgo de alcoholismo, y lo sabemos sobre todo por gemelos idénticos separados al nacer.
Un detalle poco conocido: el óvulo aporta mucho más que la mitad del ADN nuclear. Trae las mitocondrias, con ADN solo materno, y factores de transcripción que deciden qué genes se activan. Y cuando una célula se divide, el reparto de mitocondrias y factores es aleatorio. Así que la biología ya tiene tres ingredientes: genes, entorno y azar.
Algunas pinceladas finales. Las caras promediadas resultan más atractivas porque son más simétricas, una señal indirecta de salud. Solemos emparejarnos con gente parecida en edad, ideas, nivel socioeconómico e incluso inteligencia. La selección sexual a veces va contra la natural: la melena negra del león le da más calor, pero atrae más a las leonas. En los juegos económicos somos más prosociales de lo que predice la economía pura, pero en sociedades con menos capital social se castiga incluso al que aporta de más. Y el número de Dunbar: el tamaño del cerebro marca un tope de unas 150 relaciones cercanas.
Nacidos para Aprender
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Episodio69. La ciencia del enganche y la creación de hábitos
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Episodio10. Sesgados: los fallos de la mente humana
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