Un ensayo sobre decidir sin tener todas las cartas
Cada decisión que tomamos es una apuesta: con información incompleta, poco tiempo y una mente llena de sesgos de fábrica. La pregunta no es cómo acertar siempre, sino cómo apostar para que un error no nos saque del juego.
Cuarenta minutos sobre racionalidad limitada, el peor escenario posible, decisiones que tienen vuelta atrás y decisiones que no, la extraña ley de Benford, la apuesta de Pascal, el sesgo del resultado y el contrato de Ulises que me impongo para invertir.
Grabé este episodio en octubre de 2020, días después de que el Nobel de Economía premiara a Paul Milgrom y Robert Wilson por aplicar la teoría de juegos a las subastas, las mismas que reparten las bandas del 5G o los anuncios de Google y Facebook. Me pareció la excusa perfecta para hablar de uno de los temas que más me apasionan: cómo decidimos cuando no lo sabemos todo, que es casi siempre.
Empecé con una advertencia, porque en inversión se promete demasiado. La mayoría de las grandes fortunas no salieron de ahorrar e invertir durante años, sino de acertar con una visión, mucho trabajo concentrado en poco tiempo y una dosis enorme de suerte. Reconocer el peso de la suerte cuesta, pero es el punto de partida para decidir bien. Lo resume una frase de Match Point, de Woody Allen: quien dijo que más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida.
El Metajuego
Teoría de juegos, modelos mentales y decisiones con incertidumbre: es lo que trabajo en El Metajuego, mi máster en solución de problemas complejos, con un grupo privado de alumnos.
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En solitario
Fernando Alonso
Píldoras del Conocimiento. Profesor universitario e investigador en robótica social. En este episodio, solo frente al micrófono con sus lecturas sobre decisiones.
Píldoras del Conocimiento · Episodio 59Página 1 de 5
El título del episodio remite al libro Thinking in Bets (2018), de Annie Duke, exjugadora profesional de póquer que estudió psicología cognitiva en la Universidad de Pensilvania y ganó un brazalete de las Series Mundiales de Póquer en 2004. Su idea central es la de este episodio: decidir es apostar, casi nunca tenemos toda la información y casi siempre interviene la suerte. Su ejemplo más famoso es la jugada de Pete Carroll en la Super Bowl de 2015, un pase interceptado a una yarda de la victoria que se llamó la peor decisión de la historia, aunque tenía su lógica.
Primera parte · Lo que no te puedes permitir
El peor escenario posible
Howard Marks escribe en Lo más importante que quien intenta simplificar la inversión le hace un flaco favor a su audiencia. Charlie Munger lo dijo con menos tacto: no se supone que invertir sea fácil, y quien lo encuentre fácil es estúpido. Lo recordé a cuenta de los vídeos que prometen evitar la próxima crisis o sacar un 50 % siguiendo a Buffett.
Precisamente Buffett, en una charla con universitarios, contaba la quiebra de Long-Term Capital Management, un fondo con algunas de las mentes más brillantes de Wall Street, mucha experiencia y todo su dinero dentro. Les pasó en pocos años algo que según sus modelos era casi imposible. Buffett resumió el error en una frase.
Para ganar dinero que no tenían y no necesitaban, arriesgaron lo que sí tenían y sí necesitaban.Warren Buffett
Yo aplico para eso un análisis de las consecuencias del peor caso: nunca hagas una apuesta que te pueda sacar del juego. Piensa en el peor escenario, en su probabilidad aproximada, y si no es asumible, descarta la opción. ¿Aceptarías un millón de euros a cambio de una ruleta con una bala entre veinticinco recámaras? Nadie razonable lo haría. Y aun así, la sobreconfianza por los éxitos pasados, el ego y el efecto de grupo llevan a gente muy lista a hacerlo con su patrimonio.
De ahí saqué también la idea de cambiar de régimen. No tiene por qué ser la misma estrategia la que usas para acumular que la que usas cuando ya tienes suficiente. No quiero la riqueza para ser el más rico del cementerio, sino para construir una máquina que me compre libertad.
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Segunda parte · Racionalidad limitada
Decisiones con vuelta atrás y sin ella
Herbert Simon, uno de los padres de la racionalidad limitada, decía que nuestra capacidad de decidir tiene tres límites: la información disponible, nuestra propia capacidad mental y el tiempo. El truco está en saber cuándo tienes bastante información. Jeff Bezos lo cifró en su carta a los accionistas: la mayoría de las decisiones deberían tomarse con cerca del 70 % de la información que te gustaría tener. Si esperas al 90 %, casi siempre llegas tarde. A cambio, hay que ser rápido reconociendo y corrigiendo los errores.
Son la mayoría. Se toman rápido, con información parcial, y se corrige el rumbo sobre la marcha. Una empresa que solo tomara decisiones así, dice Bezos, desaparecería antes de crecer.
Si cruzas la puerta y no te gusta lo que hay al otro lado, ya no puedes volver. Merecen calma, deliberación y consejo. El error es tratarlas igual que las otras.
Me encanta un ejemplo de las memorias de Richard Branson. Cuando fundó Virgin Atlantic pactó con Boeing poder devolver los aviones si el primer año no salía bien. Convirtió una decisión de tipo 1 en una de tipo 2. No le hizo falta usarla, aunque en el vuelo de prueba se les estropeó un motor y estuvieron cerca del desastre.
Lo contrario de analizar sin fin es tirar una moneda al aire. Y quizá lo difícil no sea decidir, sino vivir con lo que decidiste, sobre todo cuando las opciones eran muchas. Para decisiones complejas con varios factores, como elegir entre vivir en Madrid o en Málaga, me sirve una matriz de decisión ponderada: das un peso a cada factor, puntúas cada opción y sumas.
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Tercera parte · Números y apuestas
La ley de Benford
Esta me voló la cabeza cuando la descubrí. Si tomas un conjunto grande de números que salen de fenómenos reales, como las distancias a las estrellas, las ventas de las empresas o los precios de las acciones, uno esperaría que empezaran por cualquier cifra con la misma probabilidad. No pasa. En torno al 30 % empiezan por 1, cerca del 18 % por 2, alrededor del 12 % por 3, y así hacia abajo. Comprobé las cotizaciones del S&P 500 y se cumplía.
Funciona porque esos datos no tienen un tope fijo y no cambian de forma al cambiar de escala: si mides los ríos en metros o en pies, se mantiene. Y tiene una aplicación muy práctica, porque los números inventados no la siguen. Por eso se usa para detectar fraudes contables y fiscales. Lo cuenta muy bien el documental Conectados, de Netflix, en su capítulo sobre los dígitos.
La apuesta de Pascal y el clima
Blaise Pascal argumentó que, aunque la probabilidad de que Dios existiera fuera pequeña, lo racional era creer: si existe, lo ganas todo; si no, pierdes poco. Hay cuatro escenarios, y uno de ellos es catastrófico. Yo lo llevé al cambio climático. Si tomas medidas y el problema era real, salvas el planeta; si no lo era, tienes un entorno más limpio. Si no haces nada y no era real, no pasa nada. Pero si no haces nada y era real, el coste es enorme. Es otra forma de mirar el peor escenario, el principio de precaución.
Buenas decisiones pueden darnos malos resultados, y malas decisiones pueden salir bien.Fernando Alonso
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Cuarta parte · Proceso antes que resultado
El sesgo del resultado
Para mí, lo más importante del episodio. Tendemos a juzgar una decisión por cómo salió, y eso nos confunde. Por eso cuesta tanto separar la suerte de la habilidad. Hay inversores que se lamentan de no haber comprado una empresa que luego se disparó, cuando quizá no comprar fue una buena decisión con lo que sabían en ese momento. A corto plazo manda la suerte. A largo plazo sigue influyendo, pero al menos llevas una brújula.
Mi contrato de Ulises
Al pasar junto a la isla de las sirenas, Ulises pidió a sus marineros que se taparan los oídos con cera y que le ataran al mástil, y que ignoraran sus súplicas. Escuchó el canto y sobrevivió. Un contrato de Ulises es cualquier decisión que tomas hoy para obligarte a actuar de cierta manera mañana, cuando estés bajo presión.
Los míos, en el momento de grabar, eran estos. Pongo mis metas del año en la nevera y las veo cada día. No invierto sin un análisis previo, nunca por corazonadas, y las órdenes las dejo fijadas con el mercado cerrado, así que no necesito mirar cotizaciones. No vendo ninguna acción antes de dos años desde la compra: si sale mal, me aguanto y analizo mejor la próxima vez. Y mantengo un colchón para vivir un año entero sin ingresos y sin vender nada. Cuando las sirenas canten, mis principios deberían marcarme el camino.
Cerré con una idea: la gente más sabia suele mostrarse llena de dudas. No porque esté perdida, sino porque mide su grado de certeza y huye de los extremos. Y con la vieja historia que cuenta Anthony de Mello: buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?
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