Segunda conversación con Álvaro Sánchez, esta vez en su tierra y llevando él las riendas
«Si Buda estuviera ahora con un iPhone en la mano, olvídate de que se iluminara.» La infelicidad es el estándar, con Álvaro Sánchez.
Por qué la insatisfacción es la condición base del ser humano y el motor de emprender, el foco desenfocado, atreverse mirando el peor escenario, un solo canal, el equilibrio entre calidad y constancia, la tensión de compra, la arrogancia que sale cara, la salsa secreta de los negocios y para qué usar la IA sin que te sustituya.

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Julio de 2024. Por primera vez repetía invitado en apenas un mes: tres episodios antes, en el 107, Álvaro y yo nos habíamos quedado con muchos temas en el tintero. Así que me fui unos días a Asturias a devolverle la visita, con dos micrófonos y tres cámaras a cuestas, y le cedí el mando: esta vez preguntaba él. Nos une el año de nacimiento, la inquietud y, según él, la crisis de los cuarenta, aunque yo diga que no la tengo. Brindamos con kombucha, que a Álvaro le supo «a sidra mala». Y al terminar nos fuimos a caminar por el monte y grabamos otra hora y media con el móvil, que puedes descargar aparte.
PdC Emprendimiento
Un canal, un producto, difusión frente a conversión y tensión de compra: lo que hablamos con Álvaro, ordenado en mi formación para ver el tablero completo de un negocio digital.
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Monetización de audiencias
Álvaro Sánchez
Asturiano. Tuvo un bar de copas y vendió pisos antes de pasarse a lo digital. Escribe cada día los correos de Gente Invencible, sobre negocios digitales y sabiduría, y monta productos y embudos. Se define como un buscador.
Anfitrión, esta vez entrevistado
Fernando Alonso
Píldoras del Conocimiento. Profesor universitario e investigador en robótica social, catorce años en el campo cuando se grabó este episodio.
Píldoras del Conocimiento · Episodio 110Página 1 de 5
La infelicidad es el estándar
Por mucho que avances, el horizonte se escapa. Jim Carrey decía que ojalá todo el mundo pudiera ser rico y famoso para comprobar que esa no es la respuesta. Álvaro lo explica con un cuento: Caperucita sin lobo no es historia. Nuestro yo social, llámalo ego, necesita siempre un enemigo, y esa insatisfacción constante solo terminaría con la muerte o con una iluminación que, en un mundo de pantallas, queda lejísimos. Ese picor se rasca haciendo cosas. Lo llamamos emprender, una palabra que a Álvaro no le gusta por manida, aunque en origen signifique empezar una misión cualquiera, de conquistar un continente a cambiar de vida.
Mi lectura es evolutiva: como especie tendemos por defecto a la insatisfacción, y esa búsqueda de problemas que resolver nos ha hecho llegar mucho más lejos que otras especies. Ganar más dinero no me ha hecho más feliz; me da picos, pero la condición de base sigue ahí. ¿Qué me empujó a mí? La biografía de Steve Jobs de Walter Isaacson: casi me daba reparo leerla, porque intuía que me iba a cambiar la vida, y así fue; igual que me pasó después con Michael Singer y El alma desatada. Los que emprendemos solemos ser inconformistas, y si encima te crees capaz, eso te propulsa.
Álvaro describió su Asturias como un entorno de baja ambición: una de las comunidades con menos cotizantes por cada pensionista, mucho funcionario y opositor, y una industria que ha dependido mucho del Estado. Un entorno así tira hacia la comodidad, y salir exige un extra de inquietud. Yo matizo para no caer en una falsa dicotomía: quien trabaja para la Administración también crea valor, y se puede ser muy emprendedor limpiando las oficinas de un ministerio, porque va en la energía que le pones. Lo que cambia al saltar es que el cielo se abre por arriba y por abajo: aparecen los premios, pero también la pregunta de si habrá para comer.
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El foco desenfocado
Mucha gente quiere el resultado, pero no el precio: no quiere vender, ni pasar horas al ordenador, ni invertir dinero en lo necesario. La crisis de los cuarenta suele encender la mecha: un amigo de Álvaro, profesor de francés, se veía veinticinco años más dando la misma clase y le entraron los calores. A mí me pasa algo parecido: aunque tengas vocación, si eres curioso, treinta años haciendo lo mismo agotan. Álvaro me conoce bien: he probado el veganismo, el estoicismo y muchas cosas, y las he soltado. Desde fuera parece falta de foco. Él lo llama foco desenfocado: vas cambiando de camino porque miras un norte más allá.
Yo lo matizo con la inversión. Quien rota la cartera sin parar baja su rentabilidad, y quien compra y nunca revisa, también. Con la vida pasa igual: explorar y explotar, probar cosas, pero sin dar bandazos que impidan optimizar nada. Álvaro lo resume: el gran error es no atreverse. Jeff Bezos lo llamaba el marco de minimización del arrepentimiento: ¿qué pensaré a los ochenta de no haberlo intentado? Para su amigo, empezar a publicar en Instagram fue como salir del armario. Yo añado la simetría de la inversión: si sale bien, el premio es grande; y si sale mal, ¿cuál es el peor escenario? A menudo, volver a casa de tus padres con todo lo aprendido. No es para tanto.
Jugar con los mayores es jugar donde optas a premios altos, pero también asumes riesgos y hay precios que pagar.Álvaro Sánchez
Los errores al empezar: estrategia, canal y constancia
Si te abres a grandes beneficios, te abres a grandes riesgos, y vas a tener que vender. Pero antes de la estrategia hay algo más básico: conviértete en una máquina de aprender y aporta algo diferente, o al menos útil; el canal ya llegará. Yo estuve cuatro años publicando el podcast una vez al mes, cuando me daba la gana. Después sí hace falta un plan: qué vendes, qué objeciones aparecerán y cómo encaja el contenido. Álvaro puso el ejemplo de un hombre del tiempo muy seguido en Asturias que, en su blog, pide «unos clics, por favor» para los anuncios: con una audiencia así podría construir un producto. A eso lo llama mendicidad digital.
Mi lección más cara: al principio, un único canal de distribución, que se te dé bien, que te guste, que puedas mantener y donde esté tu cliente, y un producto. Durante años me centré en el producto y descuidé el canal, y fue un error: el producto puede construirse sobre la marcha, pero un canal tarda muchísimo en levantarse. Álvaro añade cómo decidir calidad y frecuencia con tres preguntas: ¿cuál es el listón de calidad?, ¿hasta dónde puedo bajar?, ¿puedo mantenerlo, no una semana, sino diez años? Quien se pone el listón altísimo acaba abandonando.
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Difusión frente a conversión: la tensión de compra
Otro aprendizaje: la gente no compra productos, compra ofertas. Un episodio de podcast es atemporal, así que no puede llevar una oferta con fecha, y en una red social pasa algo parecido. Álvaro distingue canales de difusión y de conversión. La retención de un podcast es altísima, pero escuchas corriendo o conduciendo, lejos del clic; en YouTube, si no te engancha, te vas. Se compra donde se controla la atención y estás a un clic: el correo o una llamada. Hay excepciones, como Jaime Altozano, que hizo un vídeo de venta tan bueno que el primer comentario decía que no se creía haberse tragado cuarenta minutos de anuncio.
Un concepto que Álvaro me descubrió y me cambió el juego: la tensión de compra. Online, el comprador tiene la sartén por el mango: baja la tapa del portátil y te olvida. Por eso hay que darle un motivo para decidir hoy, porque si no, «mañana lo compro» se convierte en nunca. Tira del efecto dotación: sentir que algo ya es casi tuyo y que se te puede escapar. Y en el fondo de todo, la pirámide de Maslow: si tienes hambre, vender comida es fácil; cuanto más arriba, como la espiritualidad, más objeciones. Mi conclusión tras años leyendo: si entiendes los principios básicos y construyes sobre ellos, casi cualquier estrategia funciona si la trabajas hasta dominarla. Lo ilustré con algo tan prosaico como las vacaciones: los nórdicos reservan en diciembre las de agosto, y quien tiene libertad puede reservar la víspera a mitad de precio.
Autoconfianza sí, arrogancia no
¿Hay un complejo de superioridad común a quienes les va bien? El ego ayuda, pero la arrogancia pasa factura. La autoconfianza, uno de los rasgos más atractivos, no se logra repitiendo mantras ni en un retiro: se construye acumulando éxitos. Mi error de arrogancia: hace años, Marcos Vázquez, de Fitness Revolucionario, me aconsejó volcarme en llenar la lista de correo. Pensé que con la audiencia del podcast bastaba. Fue un error garrafal.
¿Hacemos todo con el mismo nivel? Le planteé la idea estoica de que como haces algo, haces todo: si no está bien, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas, que escribió Marco Aurelio. Álvaro responde con incentivos: le dedicamos más cariño a lo que más nos pica. Jobs era un perfeccionista obsesivo en su trabajo y descuidó a su hija Lisa. Y una misión absorbente también tiene coste en pareja; él conoce dos negocios que acabaron en separación. A corto plazo, eso sí, estar en una misión te hace atractivo: por escasez, como en la estrategia del lujo, quien no está siempre disponible se percibe más valioso.
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La salsa secreta: inspiración o probabilidades
Álvaro cita algo que atribuye a Joaquín Sabina sobre las canciones de éxito: buena letra, buena melodía, buenos arreglos y algo más que nadie sabe qué es, pero que resulta lo más importante. En un bar pasa igual: ubicación, carta y personal, y luego algo que no controlas. Yo creo que ese algo pesa menos de lo que parece: un grupo de expertos que no se sesguen entre sí, apoyados en la IA, aumenta mucho las probabilidades. Jim Simons, protagonista de El hombre que resolvió el mercado, encontró en la bolsa una «salsa secreta» cuantitativa con resultados muy superiores a los de Buffett.
La tesis de Álvaro es más espiritual: la salsa secreta es la capacidad de inspirar. En su bar de copas, a veces se generaba el ambiente de fiesta puro: nadie miraba el móvil, flujo de grupo. Todo lo que te aleja del ego y te acerca al ser natural tiene negocio; cubiertas las necesidades básicas, lo que queremos es inspiración. Yo le concedo que hay comunicadores a los que escuchas aunque sepas lo que van a decir. Pero no todo negocio la necesita: crear canciones o escribir, sí; abrir una franquicia de McDonald’s en la calle correcta, no tanto.
La IA: emprendedores solos y la última capa humana
Ambos somos un poco lobos solitarios, sin jefes ni empleados. Sam Altman, de OpenAI, ha dicho que veremos empresas muy rentables con poquísimos trabajadores, y yo creo que vamos hacia emprendedores unipersonales apoyados en profesionales independientes, con mucha libertad geográfica; desde la pandemia, cualquier destino está lleno de gente trabajando en remoto. Hasta Hacienda se extraña ante facturaciones altas con costes mínimos. Comentamos también que la universidad tendrá que justificar la presencialidad, aunque en mis encuestas la mayoría de alumnos de dieciocho años prefiere ir a clase: amigos, ligar, vida social. Hay que entender qué quiere de verdad tu cliente.
¿Podrá la IA ser creativa? Álvaro cree que no: ese intangible, esa espiritualidad, va siempre detrás de la creación. Yo soy más optimista: con centros de cálculo como el que preparaban OpenAI y Microsoft, de unos cien mil millones de dólares, podría superar nuestra capacidad cognitiva e incluso hacer descubrimientos científicos; y si su creatividad es indistinguible de la nuestra, que por debajo lo sea o no me parece casi secundario. Eso sí, los cambios son más lentos de lo que parece: en robótica social, en catorce años, desde fuera apenas se nota nada, y la IA pasó décadas casi parada hasta el aprendizaje profundo y los transformadores. Sospecho que con los transformadores no llegaremos a la inteligencia general: hará falta inventar algo nuevo.
Para todo menos la pieza creativa final. Ha entrenado GPT propios con su estilo y aún están lejos de escribir como él. En la fase de conocimiento: NotebookLM, de Google, para trabajar solo con las fuentes que le da. Asistentes: uno que adapte sus correos diarios a LinkedIn, X o un guion de vídeo, con voces y avatares sintéticos. Mi regla: IA en las fases intermedias y automatismos; en la última capa, la que toca al cliente, todavía mano humana. Desconfía de las promesas de «un clic y ya»: si la IA te quita a ti, ¿dónde quedas tú?
Cerramos con la crisis de los cuarenta que, según Álvaro, no se puede no tener: llega un punto en que la distancia entre tu ego y tu esencia es máxima y te pide reflexión y búsqueda. Puedes acallarla o hacerle caso. Y ahí, dice, la IA no puede entrar. Lo siguiente lo hablamos andando por el monte: Dios y ventas, que tienen más conexión de la que parece.
Ventas y Dios, con Álvaro Sánchez
Hora y media más, grabada con el móvil mientras caminábamos por el monte asturiano: espiritualidad, sentido y ventas. Déjame tu correo y te lo envío.
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InvitadoGente Invencible, de Álvaro Sánchez
Audio extraVentas y Dios, el paseo por el monte
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FormaciónPdC Emprendimiento
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Píldoras del Conocimiento · Episodio 110Página 5 de 5
