Inteligencia artificial y emprendimiento: conciencia artificial, aprendizaje profundo, el valor de los datos, la burbuja de salarios y qué estudiar, con Jorge Muñoz, de Serendeepia
«¿Y qué datos tienes?»: la pregunta que lo decide todo en inteligencia artificial.
Jorge Muñoz, doctor en inteligencia artificial y consejero delegado de Serendeepia, fue mi compañero de carrera. Hablamos de pasión frente a talento, de dejar lo cómodo para irse a Londres o trabajar para San Francisco desde casa, de conciencia artificial y videojuegos, de por qué la IA específica no es la general, de una herramienta que es como un martillo, de por qué Google regala sus algoritmos pero no sus datos, de la burbuja de salarios y de qué estudiar.
Marzo de 2019, recién vueltos de la quedada que organizó Paco Lodeiro, donde muchos oyentes nos dijeron que les gustaba la mezcla de inversión, desarrollo personal y estoicismo. Jorge y yo nos conocimos hace casi quince años en la carrera de Informática en Madrid: tenía el mejor expediente de la promoción y siempre le apasionaron la inteligencia artificial y el emprendimiento. Al acabar intentamos montar una empresa juntos, cuando emprender aún no estaba de moda. Hoy dirige Serendeepia, y nos dio una visión de la IA desde dentro, lejos del bombo. Con perspectiva: este episodio es de 2019, tres años antes de ChatGPT, y muchas de sus ideas, como la del modelo de texto que OpenAI no quiso publicar, anticipaban lo que vino.
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Invitado · Inteligencia artificial y emprendimiento
Jorge Muñoz
Ingeniero informático y doctor en inteligencia artificial, con un MBA. Trabajó en startups de Londres y, desde casa, para una de San Francisco de IA aplicada a imágenes. En 2019 dirigía Serendeepia, que fundó con dos compañeros del doctorado; el nombre une «serendipia» con el deep learning y la IA.
Copresentador
Abraham Jiménez
Copresentó Píldoras del Conocimiento en sus primeros episodios. Aquí pregunta por los riesgos de la IA, la burbuja de salarios y qué estudiar.
Anfitrión
Fernando Alonso
Píldoras del Conocimiento. Ingeniero en inteligencia artificial, doctor en robótica, profesor universitario e investigador en robótica social. Compañero de carrera de Jorge, aplicaba aprendizaje profundo y por refuerzo a robots.
Píldoras del Conocimiento · Episodio 28Página 1 de 5
¿Talento o esfuerzo? Pasión
Abraham le preguntó si su expediente era cosa de facilidad o de esfuerzo. Jorge, que también salía de fiesta conmigo los jueves, lo tiene claro: sin esfuerzo no se consigue nada, pero la gran diferencia es que disfruta lo que hace. Cuando algo te gusta, le dedicas tiempo, lo repites, no te cuesta psicológicamente, y acabas siendo bueno, tengas talento o no: el talento es un pequeño porcentaje. Emprender, añade, es una carrera de resistencia que no ganas por ser mejor, sino por estar psicológicamente preparado y empeñarte. Lo que nos hunde es el temor al fracaso; cuando disfrutas, te da igual que salga mal, sigues, y en algún momento algo sale bien y te empuja más lejos. Yo añado que es humilde: en la carrera yo estudiaba más que él y sacaba peores notas. Y que tiene una gran capacidad de inconformismo.
Pivotar en la vida
En el doctorado no estaba cómodo, así que intentó montar una empresa con lo que investigaba. Ganó premios de emprendedores (que, aclara, no significan que la empresa funcione) y uno le llevó a hacer un MBA. Al terminar llegó la crisis, y a quien venía del mundo académico sin experiencia laboral le costaba más. La opción fácil era un trabajo que no le encantaba, con un sueldo normalito. Pero hizo su propio estudio de mercado: ¿qué me gusta? ¿Dónde está eso? Le gustaban la IA y los móviles, y las startups de ese mundo estaban en Londres. Aquí le costaba conseguir entrevistas; al buscar allí, recibía decenas de llamadas de reclutadores y en un par de meses estaba viviendo en Londres. A los dos años volvió: la ciudad no le convenció, pero vuelves siendo otra persona, y eso se valora.
Probó a trabajar como autónomo, descubrió que le encantaba trabajar desde casa y por proyectos, y quiso volver a la IA. Publicó su currículum en el hilo mensual de ofertas de Hacker News, el foro de Y Combinator, y le contactó una startup de San Francisco que aplicaba IA al tratamiento de imágenes: trabajo apasionante, mejor sueldo que en España, horario propio y vacaciones cuando quisiera. Justo lo contrario de lo que se suele hacer, y le salió bien. Dos años después, cuando la empresa necesitaba otra ronda, la compraron; no por su talento, sino por el producto, que solo querían mantener, y casi toda la plantilla salió. Tenía otra oferta parecida, pero quería algo distinto, y fundó Serendeepia con dos compañeros del doctorado de perfiles muy complementarios, uno con mucha mano comercial. Se autofinancian y tienen colchón para una buena temporada.
Su objetivo no es hacerse millonario ni famoso, sino ser felices haciendo lo que les gusta, eligiendo con quién trabajar y adónde ir. Ha ganado muchos concursos y ha aprendido que no le interesa el éxito que reconocen los demás, sino el camino. Su razonamiento es muy estoico: si tu objetivo depende de factores externos que no controlas, como el entorno económico, te frustrarás; si el éxito es poder trabajar en lo que te gusta, depende de ti, y es fácil sentirlo. Abraham lo resumió: el 99 % es el camino y el 1 %, el resultado.
Píldoras del Conocimiento · Episodio 28Página 2 de 5
Conciencia artificial y un bot que parecía humano
Jorge llegó a la IA por una asignatura de la carrera, Computación Biológica, que le intrigaba: ¿qué pinta la biología en un mundo de ceros y unos? Algoritmos genéticos, redes de neuronas, todo lo inspirado en la biología. Luego conoció a un compañero que investigaba la conciencia: sabemos si algo tiene conciencia, pero no qué la crea ni de dónde sale, y la idea era entenderla intentando recrearla en un ordenador. Los seres conscientes comparten ciertas habilidades: la imaginación, ponerse en la piel del otro, prever lo que hará y una «mente maquiavélica» que intenta, sin maldad, que el comportamiento del otro te favorezca. Al final del camino, el «pienso, luego existo».
Lo aplicaron a los videojuegos, donde quieres rivales que sean un reto, ni imposibles ni triviales, cuando no hay otra persona de tu nivel. En un juego de disparos en primera persona, su personaje tenía imaginación, intentaba entender a los demás y contaba con mecanismos internos de atención para decidir dónde enfocarse. Ganaron en 2010 la BotPrize, el «test de Turing de los videojuegos», aunque sin llegar a superar el test. Lo curioso: ni ellos entendían a veces por qué su bot hacía lo que hacía, y no había nada aleatorio; era un comportamiento impredecible que nacía de esas ideas. Después llegó el aprendizaje profundo, con su gran despegue en 2012, y saltó a él porque funciona, y muy bien, en muchísimos problemas. Su sueño: algún día mezclar la conciencia artificial con las técnicas actuales.
¿Es peligrosa la IA? Una herramienta, como un martillo
Hemos vivido otras revoluciones, la industrial o la de internet, y la IA es la siguiente. A los humanos no nos gustan los cambios, y lo que no entendemos nos inquieta; hay muy poca gente que entienda la IA. Lo primero es distinguir: la que tanto está cambiando es la IA específica, que resuelve un problema muy concreto y solo ese. La general, un sistema que lo mismo juega al Go que conduce un coche, estaba muy lejos. Y la «pura» exigiría además que fuera como la humana. La red que juega al Go no sabe conducir; lograr un mismo algoritmo para dominios distintos era complicadísimo.
Jorge contó un episodio de aquellas semanas: OpenAI, fundada, entre otros, por Elon Musk para que la IA fuera beneficiosa, había decidido no publicar completo su modelo de texto, GPT-2, porque escribía textos largos y coherentes y temían que se usara para fabricar noticias falsas, como los vídeos falsos o deepfakes. Fue una pequeña revolución en un campo muy abierto. Para Jorge, la IA es una herramienta, como un martillo: puedes usarlo para construir o para ir dando martillazos; habrá quien la use mal, pero la mayoría la usará para mejorar nuestra vida. OpenAI publicó el modelo completo meses después, y en 2022 llegó ChatGPT.
La inteligencia artificial es una herramienta, como puede serlo un martillo.Jorge Muñoz
¿Entiende la máquina lo que escribe? Jorge separa dos preguntas: ¿puede escribir algo coherente? Sí. ¿Lo entiende? Esa pregunta, dice, se la haríamos también a cualquier persona: sabemos que hay señales eléctricas generando un comportamiento, pero no entendemos qué pasa en la mente humana; si lo entendiéramos, lo copiaríamos. Como los algoritmos sí los entendemos, mucha gente dice que eso no es inteligencia, pero nadie puede afirmar que lo que pasa en nuestra cabeza sea tan distinto. ¿Y dónde está el techo? No lo sabemos: si creamos algo más inteligente que nosotros, ¿podrá crear algo más inteligente que sí mismo, sin fin? Un cerebro más grande es más capaz, pero también más lento y consume más energía; quizá eso marque una frontera, o quizá no.
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El valor está en los datos
Hace años las empresas que más prosperaban eran las petroleras; ahora, las que tienen datos. ¿Por qué Google, Facebook y los grandes publican sus algoritmos, liberan sus herramientas y forman a la gente? Porque el negocio no está en los algoritmos, sino en los datos y en la capacidad de cálculo. Aunque desde tu casa hagas un modelo mejor que el de Google, el suyo aprende de muchísimos más datos y funcionará mejor; y si publicas tu mejora, Google se beneficia al instante. Jorge, por cierto, llegó a insistir para entrar en DeepMind cuando estaba en Londres, antes de que la comprara Google, pero buscaban otro perfil.
El gran salto para una startup de IA es conseguir datos: o eres empresa de producto y los generan tus usuarios, o los compras, y con la normativa europea de protección de datos es cada vez más difícil. Por eso se investigan técnicas que aprenden en tu propio móvil sin llevarse tus datos, y ahí mandan Google y Apple. En España había pocas startups de IA, y todas las empresas querían «aplicar inteligencia artificial» porque vende (y si además dices blockchain, vende el doble). La respuesta de Jorge siempre es la misma: «¿Y qué datos tienes?». Casi nadie, ni grandes petroleras ni pymes, se había preocupado de recogerlos, y buena parte de su trabajo era educar a las empresas. Sin datos, ni el mejor algoritmo sirve de nada.
La burbuja de salarios
¿Hay burbuja? En salarios, sí: en OpenAI o Google, investigadores de veintitantos o treinta y pocos años con algún avance importante negociaban sueldos de millones de dólares, como estrellas del baloncesto. La causa es el desequilibrio entre oferta y demanda: todo el mundo quiere hacer IA y muy pocos saben, porque no se aprende en un curso de seis meses; hacen falta muchas matemáticas, estadística, haberse pegado con problemas parecidos y unos cuatro años de formación. Por eso las grandes empresas liberan herramientas y lanzan cursos, para tener más gente a quien contratar. Y quienes saben pueden elegir dónde y con quién trabajar.
En las expectativas, Jorge ve una diferencia con los «inviernos de la IA» de otras épocas, cuando a cada promesa seguía la decepción: el aprendizaje profundo funciona, y eso no se va a desinflar de golpe. Yo coincido: hay expectativas infladas, pero respaldadas por resultados reales en nichos concretos, y las grandes tecnológicas estaban disparando sus costes de personal por ese motivo.
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Lo que venía: imágenes, texto, modelos generativos y refuerzo
Trabajar con imágenes ya era casi una mercancía, con herramientas que lo resuelven; la siguiente revolución inminente era el texto. A medio plazo, los modelos generativos, como las redes generativas adversarias que propuso Ian Goodfellow, entonces en Google, prometían depender menos de datos etiquetados, que son carísimos de preparar. Y el aprendizaje por refuerzo: en lugar de aprender de datos humanos, el sistema compite contra sí mismo y aprende de lo que funciona, como hicieron las versiones de AlphaGo que acabaron superando a cualquier humano. El reto era llevarlo de los juegos a sistemas reales, como el control de una fábrica, donde hoy decide una persona, con cuidado de que el algoritmo no la líe al experimentar. Yo lo aplicaba en robótica, combinado con aprendizaje profundo: el robot aprende como un niño pequeño, probando y viendo qué pasa.
Qué estudiar: lo que te guste
¿Y a un joven que duda qué estudiar? Jorge vio en la carrera a mucha gente que eligió Informática por las salidas sin que le gustara. Con la IA pasa igual: muchas salidas y sueldos altísimos, pero si no te gusta, no te metas, porque no serás feliz por mucho dinero que ganes. Su consejo, el mismo del principio: «Sigue lo que te gusta, porque es como vas a llegar lejos. No sigas una tendencia ni una moda; sigue realmente quién eres». Ten claro qué persona eres y sigue tu propio camino; copiando el de otros no lograrás nada diferente.
Jorge respondía desde Turquía, de vacaciones, y sigue de cerca los artículos que se publican: poca gente en España conocía la IA tan a fondo. Fue un orgullo tenerle.
Distingue la IA específica, que ya funciona, de la general, que entonces estaba lejos. Trátala como una herramienta. Antes de pedir IA, pregúntate qué datos tienes. Los algoritmos se comparten; los datos y la capacidad de cálculo, no. El talento escasea y se paga. Y para dedicarte a esto, o a cualquier cosa, que te apasione.
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