Los experimentos naturales: cómo encontrar causas en el mundo real
«Correlación no es causalidad.» Vale, pero ¿qué es la causalidad? La respuesta del Nobel de Economía de 2021.
Repetimos que correlación no implica causalidad, pero casi nadie explica cómo encontrar causas. David Card, Joshua Angrist y Guido Imbens lo hicieron con los experimentos naturales: la llegada de cubanos a Miami, el sorteo de Vietnam, el salario mínimo en Nueva Jersey. Y otros ejemplos asombrosos: el invierno del hambre holandés, los jueces con hijas, Okinawa, los plaguicidas de Sri Lanka y los ojos azules.
Un episodio de verano, agosto de 2022, solo y al grano. En el primer curso de estadística nos enseñan a repetir el mantra de que correlación no supone causalidad, pero nadie nos dice qué es la causalidad, que es lo que de verdad importa. ¿Los niños de colegios privilegiados tienen mejores trabajos por su educación, o ambas cosas se deben a que sus padres son más ricos? En el mundo real todo está conectado y cuesta aislar una causa. Este episodio va de una nueva forma de mirar la realidad: descubrir causas donde los demás solo ven casualidades.
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Pensar en causas y no en correlaciones es una de las herramientas para resolver problemas complejos: dinámica de sistemas, puntos de influencia y un método de siete pasos, en El Metajuego, mi máster.
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Fernando Alonso
Píldoras del Conocimiento. Ingeniero en inteligencia artificial, doctor en robótica, profesor universitario e investigador en robótica social. Como científico, lidia a diario con experimentos y cuestionarios.
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Por qué confundimos correlación y causa
Nuestra intuición saca conclusiones precipitadas. Si nos dicen que entre los niños que usan mucho el móvil hay el doble de depresión, pensamos que el móvil los deprime, cuando también puede ser al revés: la depresión los empuja a usarlo. Es un fallo tan antiguo que tiene nombre latino, post hoc, ergo propter hoc: ocurrió después, luego ocurrió por eso. La pandemia nos dejó otro ejemplo: durante años nos dijeron que nos abrigáramos para no resfriarnos, pero para evitar el covid nadie recomendaba un jersey, sino ventilar, no toser encima de nadie y lavarse las manos. El frío puede influir, pero sin virus no hay resfriado.
La ciencia añade otra trampa, que veo a menudo: evaluar con cuestionarios. Los economistas distinguen la preferencia declarada, lo que la gente dice que prefiere, de la preferencia revelada, lo que de verdad compra y hace. Sobre preferencias declaradas se construyen teorías que pueden estar muy lejos de la realidad. Justin Wolfers, catedrático de la Universidad de Michigan, lo reconocía: los economistas repetíamos que correlación no es causalidad y enseguida lo olvidábamos para hacer juicios casi causales con datos que no los sostenían.
El plan B de la ciencia: los ensayos con grupo de control
La solución ideal sería tener universos contrafácticos: dos mundos idénticos, uno en el que una persona se vacuna y otro en el que no. Como es imposible, la ciencia recurre al ensayo controlado aleatorizado: se reparten miles de voluntarios al azar en dos grupos iguales en todo salvo en lo que se quiere medir. Si el virus muta o baja la incidencia, afecta a los dos por igual, y la diferencia se puede atribuir a la vacuna. Para reducir sesgos, se ciega el experimento: en el simple ciego el participante no sabe si recibe el tratamiento o el placebo; en el doble ciego, tampoco lo sabe el investigador; en el triple ciego, ni siquiera quien analiza los datos, como un profesor que corrige sin ver el nombre del alumno.
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Los experimentos naturales del Nobel de 2021
¿Y cuando un experimento no es ético, es carísimo o simplemente imposible? Ahí entran David Card, Joshua Angrist y Guido Imbens, premio Nobel de Economía en 2021. En lugar de la respuesta destructiva habitual, «no podemos afirmar causas», ofrecieron una caja de herramientas para hacer afirmaciones causales creíbles. Su idea: el mundo real produce experimentos por sí solo. Un experimento natural es aquel en que la asignación no la decide el investigador, sino algo externo, como una ley, una política o un fenómeno de la naturaleza, y eso forma grupos con muy poco sesgo de selección. Me resonó con algo que había leído entre las páginas de Compórtate, de Robert Sapolsky.
La llegada de cubanos a Miami. En 1980, el éxodo del Mariel aumentó de golpe en un 7 % la población activa de Miami, sobre todo de trabajadores poco cualificados. ¿Bajaron los salarios? Card comparó la evolución de Miami con la de otras ciudades en un trabajo de 1990 y no encontró ese efecto. Era un solo lugar y un solo momento, pero obligó a los economistas a replantearse sus modelos.
El sorteo de Vietnam. ¿Cómo afecta a tu vida alistarte? Si los veteranos ganan menos, no sabemos si es por la guerra o habría pasado igual. Angrist aprovechó que el reclutamiento se decidía por sorteo y comparó a los llamados a filas con jóvenes parecidos que no lo fueron: años después de la guerra, los veteranos ganaban en torno a un 15 % menos.
El mundo real produce experimentos. Basta con saber mirarlos.Fernando Alonso
El salario mínimo en Nueva Jersey. ¿Subirlo destruye empleo? En 1992, Nueva Jersey lo elevó de 4,25 a 5,05 dólares la hora, y la vecina Pensilvania no. Card y Alan Krueger recogieron datos de unos 400 restaurantes de comida rápida de ambos estados, razonando que cualquier otro factor afectaría a los dos por igual. Descubrieron que el empleo no creció menos en Nueva Jersey. Treinta años después, unos economistas siguen creyendo que el salario mínimo destruye empleo y otros, quizá la mayoría, que su efecto es pequeño. Lo importante es en qué están de acuerdo: es una pregunta empírica que se responde mirando la realidad. Así, la economía se volvió más científica.
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El invierno del hambre holandés
Septiembre de 1944: miles de paracaidistas aliados aterrizan en los Países Bajos para avanzar hacia Alemania, pero la operación fracasa. Lo que siguió fue un bloqueo alemán y una hambruna que duró hasta la liberación, en mayo de 1945. Fue intensa, severa y corta, en un país con registros excelentes, y precisamente por eso se convirtió en un tesoro científico: población bien alimentada, hambre de golpe y vuelta a la normalidad, como un escalón. Los epidemiólogos Zena Stein y Mervyn Susser buscaban justo eso para estudiar el efecto de la nutrición prenatal en el cerebro. Con los datos del ejército, esperaban ver peor rendimiento intelectual a los 18 años en los concebidos durante la hambruna. No lo encontraron.
Décadas después, el equipo de Tessa Roseboom siguió a esas personas durante cincuenta años y encontró otra cosa: quienes sufrieron la restricción al principio de la gestación tenían más obesidad, más enfermedades cardiovasculares, más depresión y envejecían antes. El cuerpo se programaba para la escasez y, al crecer en la abundancia, acumulaba peso; e incluso sus hijos nacían más grandes, como si el efecto pasara de una generación a otra. El economista Gerard van den Berg, entonces en la Universidad de Bristol, vio además que a los 60 años tenían más probabilidad de estar sin trabajo.
Jueces con hijas, Okinawa, Sri Lanka y ojos azules
Los jueces con hijas. Adam Glynn y Maya Sen buscaron un choque de empatía externo al juez: tener una hija en lugar de un hijo, algo aleatorio. Los jueces de los tribunales federales de apelación de Estados Unidos con hijas votaban de forma más favorable a las mujeres en casos de género. Okinawa. La restricción calórica alarga mucho la vida de las ratas de laboratorio, pero en humanos es difícil de estudiar.
En Okinawa, con una de las mayores tasas de centenarios del mundo, unos 50 por cada 100.000 habitantes, la ingesta calórica era un 17 % menor que la media japonesa y un 40 % menor que la estadounidense; con la dieta occidental que llegó tras la ocupación de posguerra, su ventaja se ha ido diluyendo. Sri Lanka. Los suicidios por envenenamiento con plaguicidas se dispararon desde los años setenta; tras prohibir los más tóxicos, la tasa de suicidios cayó a la mitad, sin que aumentaran otros métodos.
El tercer hijo. Las familias con dos hijos del mismo sexo tienen más probabilidad de tener un tercero que las que tienen un niño y una niña; Angrist lo usó como experimento natural para estudiar el efecto del tamaño de la familia. Los ojos azules. Como el azul es recesivo, dos padres de ojos azules siempre tienen hijos de ojos azules. Un estudio encontró que los hombres de ojos azules encuentran más atractivas a las mujeres de ojos azules, y no así los de ojos marrones ni las mujeres; una interpretación es que les da más certeza sobre su paternidad.
La lección: si estás atento a lo que pasa a tu alrededor, el mundo está lleno de experimentos que nadie ha diseñado. Y ahí es donde se encuentran las causas.
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