La inversión en dividendos crecientes, a partir de «La mejor inversión» de Lowell Miller, con Antonio Rico
Un dividendo que crece un 7 % al año dobla tu rentabilidad sobre lo invertido en una década. La lógica del rentista paciente.
Segunda visita de Antonio Rico, gestor de Baelo Patrimonio y editor de la Colección Baelo. Con el libro de Lowell Miller como excusa hablamos de las modas en la inversión, del exceso de información, de la paciencia, de si los bonos son una mala inversión, de por qué los dividendos crecientes ayudan a mirar las rentas y no el precio, de la rentabilidad sobre el precio de compra y de los criterios de Miller, con lo que nos convence y lo que no.
Octubre de 2021. Antonio Rico es uno de los invitados que más ilusión me hace recibir: su primer paso por el podcast, en el episodio 45, fue de los más escuchados. Dejó la aviación para dedicarse a la inversión de forma autodidacta y siempre ha ido a contracorriente: divulgó en España la cartera permanente, la indexación y los dividendos crecientes cuando aquí casi todo era el estilo de Warren Buffett. Esta vez partimos de La mejor inversión, el libro de Lowell Miller que él mismo acababa de publicar en castellano, para hablar de la filosofía del rentista paciente, con sus luces y sus sombras.
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Invitado · Gestor de Baelo Patrimonio
Antonio Rico
Malagueño, fue piloto de avión durante años y aprendió a invertir por su cuenta. Promovió el fondo Baelo Patrimonio, en la gestora de Andbank, y lo gestiona desde marzo de 2018; en 2021 rondaba los 63 millones de euros y los 4.360 partícipes. Edita la Colección Baelo.
Anfitrión
Fernando Alonso
Píldoras del Conocimiento. Ingeniero en inteligencia artificial, doctor en robótica, profesor universitario e investigador en robótica social. Inversor particular, más inclinado a la calidad con crecimiento.
Píldoras del Conocimiento · Episodio 71Página 1 de 5
Un gestor que se hizo editor
Baelo Patrimonio es un compartimento de un fondo de la gestora de Andbank; Antonio lo promovió y lo gestiona, y se contrata sobre todo a través de Andbank y MyInvestor. La editorial nació con una idea modesta: publicar dos o tres libros para que los partícipes tuvieran en papel la estrategia del fondo. Pero le gustó dirigir el equipo de traducción, revisión, maquetación y diseño, y quiere que la colección crezca, incluso con temas que no sean de inversión.
No es un negocio sencillo: hacen falta más de mil ejemplares vendidos para cubrir los derechos y la producción, así que la idea es que cada libro financie el siguiente. Curiosamente, La mejor inversión, el tercero, fue también el primer libro de su famosa serie del blog «52 libros en 52 semanas», que tanto le dio a conocer junto a autores entonces casi desconocidos en España, como John Bogle o William Bernstein.
Las modas en la inversión
Una reflexión que le planteé: me gusta pasear por librerías y mirar qué buscan los que empiezan. Hace unos años, casi todos buscaban el manual de análisis técnico de John Murphy; luego vino la ola de la inversión en valor; y ahora piden libros de criptomonedas, como El patrón Bitcoin. Antonio, interesado por la bolsa desde 2000, lo confirma: entonces el análisis técnico copaba revistas y programas; tras 2008, con el éxito de los fondos de valor españoles, ganó terreno el análisis fundamental; y hoy todo lo que no sea el activo de moda parece aburrido, porque algunos se han enriquecido muy rápido y se han hecho famosos.
Lo ilustra con Amazon: buscando novedades para editar, le apareció un libro vistoso sobre pequeñas mineras de plata, que resultó ser un folleto de unas 38 páginas por 15 o 20 dólares, recomendado junto a otros dos del mismo autor sobre criptomonedas y uranio. El algoritmo muestra lo que más se pincha y se vende. Yo le veo un lado bueno a las modas: pueden ser la puerta de entrada de quien, tras el primer batacazo, investiga más y acaba con una estrategia sensata. Antonio añade que dentro de esos sectores puede haber buenas empresas para quien se las trabaje. Y una curiosidad: en sus encuestas de Twitter sobre qué activo rendirá más en tres años, el más votado suele ser el que peor lo hace después.
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Menos información y más paciencia
Lowell Miller, asesor de inversores particulares desde hace décadas, publicó The Single Best Investment en 1999, con una segunda edición en 2006, justo cuando la moda eran las tecnológicas y el análisis técnico, no las empresas maduras con dividendo. Dos ideas suyas nos gustaron: que los mercados financieros son la mejor máquina de procesar información que ha creado el ser humano, y que la psicología nos influye a todos a escondidas.
Antonio lo lleva al inversor medio: hay tanta información que probablemente le perjudica. Un analista necesita datos; quien tiene otra profesión puede hacerlo perfectamente bien con muchísima menos, y estar pendiente del día a día puede ser contraproducente. Yo aplico Pareto: con el 20 % de la información se tiene el 80 % de lo que importa. Miller insiste en que no busca batir al mercado, sino un sistema sencillo y estable. Y tiene una frase que enmarqué: el primer requisito para el éxito en las finanzas es la paciencia; si no la tienes, busca por qué tanta prisa y desarróllala.
Para Antonio, la paciencia es parte del comportamiento del inversor, que muchos estudios señalan como clave del resultado: por buenos que sean tus activos, si no tienes paciencia, no lo harás bien, porque las acciones no suben en línea recta. Yo añado que el conocimiento y la experiencia dan paciencia, y que si tuviera que elegir un único remedio contra los sesgos, sería retrasar la decisión. Antonio matiza: el conocimiento tiene que estar enfocado y encajar con tu forma de ser, porque si sabes de todo y quieres aplicarlo todo, el mercado le dará la razón unas veces a una parte y otras a otra, y no habrá forma de que la cabeza convenza al estómago.
¿Son los bonos una mala inversión?
Miller lo dice sin rodeos: los bonos son una mala inversión. Antonio, que los defiende en su estrategia, le da la razón… en parte. Miller compara con el bono a 30 años, que tiene una volatilidad parecida a la de una cartera de acciones y rinde entre un 3 y un 4 % menos a largo plazo. Pero el bono no está para dar rentabilidad, sino estabilidad: si quieres rentabilidad, acciones.
En Baelo, alrededor del 40 % está en bonos, con una duración media de unos siete años, y una cuarta parte de esos bonos está ligada a la inflación. No le gustan los bonos largos porque el futuro es incierto y pueden moverse en la misma dirección que las acciones. Le apunté que los Estados emiten pocos bonos ligados a la inflación porque la inflación les ayuda a licuar su deuda; Antonio lo resume con ironía: el creador del instrumento es el propio creador de la inflación.
¿Recomendaría a un inversor de 35 años, bien formado, el 100 % en acciones? Depende de su personalidad. Puedes recomendar el avión para ir a Nueva York, pero hay quien no se sube. El 100 % en acciones tiene más rentabilidad esperada, pero en la práctica mucha gente no lo aguanta. Él mismo, con 35 años, tenía un 35 % en bonos, siguiendo la regla sencilla de John Bogle: en caso de duda, tu edad en bonos, de plazo no muy largo.
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Rentas, no precio
Miller busca empresas con un crecimiento fiable que lo compartan con sus dueños, y advierte que el crecimiento rápido no es el objetivo, porque no es fiable. Le planteé mi esquema: de izquierda a derecha, empresas de crecimiento muy rápido e incierto; luego calidad con crecimiento, como Amazon, Google o Microsoft, donde me siento más cómodo; y a la derecha, empresas más maduras que reparten dividendos crecientes, que es lo que propone el libro. Antonio defiende esa derecha por psicología: si asumes que la inflación siempre estará ahí y piensas a muy largo plazo, fijarte en las rentas y no en el precio te ayuda a ser paciente.
Su ejemplo del bar: entras con un 10 % en el negocio de dos socios. Va de maravilla, ves en Instagram sus coches y sus vacaciones, y pides dividendo. Te convencen de abrir dos bares más en lugar de repartir. El negocio crece, pero tú no ves un duro, y como no es un mercado líquido, ni siquiera puedes vender fácilmente. En bolsa sí puedes vender, y esa liquidez hace que algunos vean aburridos los dividendos; pero quien invierte así quiere entrar en una empresa madura que comparta su riqueza de forma tangible y creciente. Yo veo dos estrategias válidas y combinables: la empresa madura está más cerca de su valor terminal, pero es más predecible y menos volátil; a cambio, fiscalmente es algo peor reinvertir dividendos.
Una idea de Miller que me resultó novedosa: como en un piso, cuanto más renta da un activo, más vale, de modo que el crecimiento del dividendo sería un doble crecimiento, el de la renta y el del precio. Antonio no está del todo de acuerdo: el valor depende de los fundamentales; el dividendo no lo fija, lo anuncia. Un dividendo creciente indica que la dirección confía en ganar más, y luego llegan los beneficios y después el precio.
Yo eché en falta referencias que respalden que las acciones suben tanto como el dividendo; buscándolo, no vi esa correlación tan clara. Antonio recuerda que Bogle hacía algo parecido para estimar la bolsa a diez años: rentabilidad por dividendo más crecimiento del beneficio, ajustado por la valoración. Y no cree que las grandes empresas se endeuden alegremente para pagar dividendos: si subirlo las pusiera en riesgo, no lo harían. Yo añado que, puntualmente, mantenerlo puede tener sentido, porque un recorte hundiría la acción y eso, por reflexividad, también afecta al negocio.
Puedes recomendar ir a Nueva York en avión porque es más rápido, pero hay quien no es capaz de subirse.Antonio Rico
La fórmula de Miller: calidad, rentabilidad y crecimiento del dividendo
Alta calidad: poca deuda (deuda sobre fondos propios en torno al 50 %), intereses cubiertos al menos tres veces por los beneficios, calificación crediticia mínima BBB y preferiblemente A, un reparto de beneficios por debajo del 60 % para que el dividendo sea seguro y quede margen para crecer, y beneficios creciendo entre un 5 y un 10 %. Alta rentabilidad por dividendo, de partida, con un aviso del propio Miller: las acciones con más dividendo a menudo están baratas porque tienen riesgos; puede ser una ganga o una trampa de valor. Y alto crecimiento del dividendo, de al menos un 4 % anual.
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La obsesión de Miller es la rentabilidad sobre el precio de compra (yield on cost). Si el dividendo crece un 7 % al año, la rentabilidad sobre lo que pagaste se dobla en unos diez años; al 10 %, en unos siete. Una acción comprada al 5 % puede darte un 10 % sobre lo invertido una década después, sin poner un euro más. El ejemplo célebre es Warren Buffett con Coca-Cola: hoy recibe cada año en dividendos más de la mitad de lo que invirtió. Para el rentista, ver crecer esa tabla de ingresos es lo que le arma de paciencia. Y un detalle útil: con tantos criterios, la cartera acaba teniendo sesgo de valor, lo que a Miller le jugó en contra cuando empezó con sus fondos, justo antes de años malos para ese estilo.
El problema llega al aplicarlo hoy. Antonio tiene una tabla con los casi 400 dividend achievers estadounidenses, empresas con al menos 10 años subiendo el dividendo (los aristócratas llevan 25 y los reyes, 50), y con criterios parecidos a los de Miller le salían unas cinco. Y Miller pide entre 30 y 40, equiponderadas.
Además, el libro se va complicando: añade precio sobre ventas por debajo de 1,5, precio sobre valor contable inferior al del mercado y un PER inferior al del mercado y al inverso del tipo del bono a largo plazo, que con el bono estadounidense en torno al 2,55 % daba unas 39 veces. Y gráficos con fuerza relativa y volumen para elegir el momento de compra, más chartismo de fundamentales que análisis técnico académico. A mí me dieron ganas de llamarle: ¿rentas, fundamentales, cuantitativo o buscar barato? Antonio lo entiende: un asesor necesita argumentos para explicar a cada cliente por qué compra o vende.
Frente a eso, la estrategia de Baelo es más sistemática y busca la mínima rotación. Exige deuda y reparto por debajo del 70 % al entrar y en las revisiones; alguna empresa ha salido al superar ambos umbrales aunque no recortara el dividendo. Y ordena por capitalización, para que sea el mercado quien decida el peso de cada una. El ahorro de costes, dice, es «un beneficio cierto». Mitad sesgo de valor y mitad de crecimiento, para que ningún ciclo de estilo, que puede durar quince años, castigue demasiado el valor liquidativo. Yo coincido: menos rotación, menos errores y más tiempo libre, siempre que tu estrategia y tus empresas lo permitan; con cíclicas, comprar y mantener no tiene sentido.
Luces y sombras del libro
A favor: fue de los pocos libros sobre el tema, junto a Los dividendos no mienten de Geraldine Weiss, y se convirtió en un superventas en plena fiebre tecnológica. Es ameno, poco técnico y explica bien la bola de nieve del rentista. Y su lista final de once cribas está bien colocada al final: sin entender el porqué, una fórmula se abandona al primer mal año.
En contra: la estrategia se complica y pierde la sencillez que da adherencia y paz mental; compara casi solo con los bonos y no con otras estrategias; y está muy centrada en Estados Unidos. Antonio prefiere divulgadores como William Bernstein, que investiga muchísimo sin abrumar con tablas, frente a libros como What Works on Wall Street, de James O’Shaughnessy, que te deja sin saber qué ratio elegir. También recomienda el librito de Larry Swedroe sobre cómo reducir el riesgo de los cisnes negros, sobre carteras con sesgo a factores que exigen aguantar ciclos malos.
El cierre de Antonio vale para cualquier estrategia: pocos criterios, muy tuyos, en los que tengas especial confianza, y seguirlos con disciplina. Con veinticinco cribas es imposible construir una cartera diversificada. Al final adelantó que los siguientes libros de la colección serían una sorpresa, uno de ellos no exclusivamente de inversión. Y una confesión que agradezco: se preparó el episodio durante días, igual que yo. Se nota.
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