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TrabajoEpisodio 13Leganés, Madrid

Píldoras del Conocimiento

Entrevista a Abraham Jiménez: la función pública por dentro, con sus ventajas, sus inconvenientes y cómo preparar una oposición

Entrevista

«Ser funcionario no tiene por qué ser quedarse quieto.» La función pública, contada desde dentro.

Esta vez el entrevistado es mi compañero de podcast. Abraham Jiménez, funcionario del Estado en Mallorca, explica cómo se organizan las administraciones, por qué dejó la empresa privada, cómo aprobó, qué le hizo enfermar en su primer puesto, por qué falta meritocracia, cómo preparar una oposición con método y qué hacer cuando llevas años sin aprobar. Con sus pros, sus contras y una anécdota memorable.

Carátula del episodio 13, Conociendo a Abraham Jiménez y la función pública
Audiopodcast · Episodio 13 · 45 min Conociendo a Abraham Jiménez: la función pública
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Otoño de 2018. Abraham y yo grabábamos cada semana, él desde Mallorca y yo desde Madrid, y aquella semana yo andaba liado con el congreso internacional de robótica IROS, que se celebraba en Madrid. Se nos ocurrió darle la vuelta al formato: que el entrevistado fuera él. Abraham es funcionario del Estado y quería acercar ese mundo, con sus mitos y sus realidades, a quien se lo plantee como salida o simplemente no lo conozca. En el podcast hablamos mucho de emprender; este episodio pone otra carta sobre la mesa.

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Quién se sienta a la mesa

Abraham Jiménez

Entrevistado · Copresentador

Abraham Jiménez

Mallorquín, hijo de andaluces. Empezó a trabajar a los dieciocho y llegó a jefe de compras en una empresa familiar. Lleva unos diez años como funcionario del Estado, en cuatro puestos distintos; hoy, como técnico de telecomunicaciones. Cofundó este podcast conmigo en 2018.

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Fernando Alonso

Anfitrión y entrevistador

Fernando Alonso

Píldoras del Conocimiento. Ingeniero en inteligencia artificial, doctor en robótica, profesor universitario e investigador en robótica social.

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Píldoras del Conocimiento · Episodio 13Página 1 de 4

Cuatro administraciones y un técnico en una isla

Abraham lo resume en cuatro niveles: la local, los ayuntamientos; la provincial, las diputaciones o, en su caso, el Consell Insular; la autonómica, en su caso el Govern de las Islas Baleares; y la estatal, el Gobierno central, que tiene oficinas en cada territorio, la llamada administración periférica del Estado. Aunque trabaja en Mallorca, pertenece a esta última: depende directamente del ministerio, entonces el de Economía, y todo se gestiona desde Madrid.

Su trabajo es curioso. Como técnico de telecomunicaciones, vigila el espectro radioeléctrico: que las frecuencias asignadas a televisiones, emisoras y radioaficionados se usen como dicta la ley y que nadie se aproveche de ellas. Esas rayas extrañas que a veces aparecen en las imágenes de los radares meteorológicos suelen ser interferencias, y su equipo las localiza y las elimina, por las buenas o con el régimen sancionador. En una jefatura provincial pequeña, a veces son el jefe y uno más: ganas independencia por estar lejos de los superiores, pero te pasas el día apagando fuegos.

Vivir y trabajar en Mallorca

Para quien ha nacido allí, la isla no condiciona. Para los compañeros que llegan de la península, sí: no puedes coger el coche un viernes y plantarte en Granada; todo se organiza con antelación, en avión o en barco. A cambio, Palma ronda los 400.000 habitantes y la isla supera los 800.000, con mar, llanura, montaña y playas preciosas; la ciudad tiene vida todo el año, mientras algunas zonas turísticas se quedan vacías en invierno. Y todo está cerca: el aeropuerto o el puerto, a diez minutos, sin la masificación de Madrid o Barcelona. Los residentes, además, tienen un gran descuento en los vuelos, que en el verano de 2018 pasó del 50 % al 75 %: a veces se viaja a Madrid por diez euros.

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De jefe de compras a funcionario

Abraham no pudo seguir estudiando: viene de una familia humilde y empezó a trabajar a los dieciocho en una empresa semifamiliar, donde progresó hasta jefe de compras. Pero a los siete años no se veía haciendo eso toda la vida. Se sentía encajonado, sin margen para crecer. Tenía sus prejuicios sobre la función pública: que si era cosa de enchufes, que si era muy difícil, que él había sido mal estudiante. Lo que le hizo dar el paso fueron las ventajas: el horario, normalmente de mañana; la seguridad; unos derechos que en muchas empresas existen sobre el papel pero no te atreves a pedir; y la posibilidad de cambiar de puesto una vez dentro. Habló con su jefe, al que todavía admira; este intentó retenerlo con cambios, pero acabó entendiéndolo y se portó muy bien, y Abraham pudo preparar las oposiciones con tranquilidad.

Se preparaba las de la comunidad autónoma, pero salieron las del Estado y se presentó sin presión. Eran 90 preguntas: 30 de derecho, 30 de psicotécnicos y 30 de informática. La informática ni la miró, porque siempre se le había dado bien; los psicotécnicos le fueron bien; el derecho, con tres meses de estudio, lo aprobó por los pelos. Aprobó a la primera, y por eso acabó en el Estado: no tanto por elección como por oportunidad.

El mito del funcionario de mentalidad fija

Le planteo el tópico: funcionario como sinónimo de mentalidad fija. Para Abraham, el problema está en el tipo de trabajo. Entras motivado, con la cabeza abierta, y te encuentras tareas muy concretas y repetitivas, y compañeros que han acabado como robots. Su primer puesto fue hacer DNI en una comisaría, uno cada diez minutos. Para no apagarse se ponía retos, como hacer cada vez más, o charlaba y jugaba con la gente; pero en la administración eso no gusta: gusta que hagas tu trabajo y punto. Le fueron frenando y acabó enfermando por la monotonía, hasta que pudo cambiar de puesto.

No cree que sean malas personas; cree que falta motivarlas. Faltan incentivos y meritocracia: trabajar por productividad, que quien se esfuerce cobre más. Hoy, cuando sale una plaza mejor pagada, puede ganarla por antigüedad quien lleva veinte años sin dar golpe frente a quien lleva cinco esforzándose. Yo le recordaba que en inglés al funcionario se le llama civil servant: quien sirve a los demás. Ahí puede haber autorrealización. Y una ventaja que no se valora: el horario deja tiempo para aprender, invertir o crecer en otras cosas, dentro de lo que permite la ley de incompatibilidades. La clave, dice Abraham, es usarlo como trampolín y no como sitio donde quedarse atascado.

Lo que has alcanzado no tiene por qué ser tu vida durante los próximos cincuenta años.Fernando Alonso

¿Por qué en España tantos jóvenes sueñan con ser funcionarios en lugar de emprender? Abraham observa que la administración del Estado está llena de gallegos, por la falta de trabajo en su tierra. Y reconoce que, con lo que sabe hoy de emprendimiento, quizá habría seguido en la empresa privada usándola de trampolín. Nada es blanco o negro.

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Cómo preparar una oposición

Sus consejos, desde dentro. El boletín oficial se convierte en tu mejor amigo: el del Estado o el de tu comunidad, porque ahí salen las plazas; las del Estado suelen convocarse hacia la primavera. Webs de avisos de oposiciones te notifican cuando sale la que te interesa; él sigue suscrito diez años después. Sobre las academias: hay muy buenas, pero muchas preparan de todo y no se especializan en nada. Su recomendación es estudiar directamente sobre las leyes publicadas, no sobre libros que son interpretaciones de alguien, y si puede ser, con alguien que trabaje dentro de la administración. Si salen 50 plazas y se presentan 3.000 personas, muchas no habrán abierto un libro, pero unas 500 irán muy preparadas: tienes que ser mejor que ellas.

Y método: estudiar como si fuera un trabajo, con horario fijo, por ejemplo de ocho de la mañana durante seis o siete horas con descansos. Hacerse exámenes cada quince días. Si el examen es dentro de seis meses, ponerse como meta dar una vuelta a todo el temario en cuatro y repasar en los dos últimos. Trocear el temario en objetivos concretos para no ver una montaña de leyes. Y apoyarse en foros de opositores.

¿Y quien lleva años sin aprobar, atrapado en el sesgo del coste hundido, como un amigo mío que llevaba nueve años opositando a policía municipal? Abraham es claro: si estás decidido, inténtalo con todas tus fuerzas, pero si no lo consigues tras tanto tiempo, algo falla, y necesitas a alguien de fuera que te lo diga, alguien que te quiera pero sea crítico. Y diversifica: si preparas policía municipal, prepara también policía nacional. A veces pequeños cambios marcan la diferencia.

Hubo tiempo para la anécdota. En la comisaría, un hombre que venía a renovar el DNI le aseguró que era hermano de Cristo, que su padre era José y su madre María, y que además era artista, imitador de Manolo Escobar y de Julio Iglesias. Abraham le animó a cantar, el hombre se arrancó con «Mi carro» unos segundos ante toda la sala y, al preguntarle por qué traía las manos llenas de grasa, respondió que trabajaba en un desguace.

El balance: pros y contras

A favor y en contra

A favor: un horario de unas 37,5 horas semanales, a menudo de mañana y flexible, aunque hay plazas de tarde o de jornada partida con un complemento mayor. La seguridad: en la burbuja nadie quería ser funcionario y en la crisis todos. La igualdad de trato entre hombres y mujeres. La posibilidad de cambiar de puesto y, con titulación, de ir subiendo de categoría. En contra: te puede tocar un trabajo monótono que te afecte al ánimo; el ambiente depende de jefes y compañeros; moverse de destino es más difícil de lo que parece, y hay quien llega por un año y se queda diez; la promoción interna tarda; y la ley de incompatibilidades pone trabas a un segundo trabajo, aunque hay sentencias que lo han permitido. Yo añado otra: como en casi cualquier empleo, renuncias a la libertad de trabajar desde donde quieras.

La conclusión que buscábamos: emprender, trabajar para otros o ser funcionario son caminos posibles, y cada uno debe elegir el que encaje con su personalidad y sus circunstancias, sabiendo dónde se mete. Lo que no conviene es elegir uno y dejar de crecer.

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