«La semana laboral de 4 horas», de Tim Ferriss, reinterpretada con modelos mentales: eliminar, automatizar, liberarse y llenar el vacío
No es más rico quien más gana, sino quien gana más por hora y tiene tiempo para sí.
Releo el libro de Tim Ferriss que cambió la vida de tanta gente, no para resumirlo, sino para sacar los modelos mentales que esconde: los nuevos ricos y el movimiento FIRE, maximizadores y satisfactores, la ley de Pareto unida a la de Parkinson, la matriz de Eisenhower, la dieta hipoinformativa, los asistentes virtuales, la «musa» de ingresos semipasivos, la paradoja de la elección y qué hacer con el tiempo cuando el dinero deja de ser un problema.
Marzo de 2020, un domingo de sol, grabando al aire libre con algún perro de fondo. La semana laboral de 4 horas se publicó en 2007 y se cuentan por millones los ejemplares vendidos. Hay quien lo cree sobrevalorado, quizá por un título tan llamativo, y quien piensa que no se puede aplicar a uno mismo. Discrepo de las dos cosas: casi todo lo que propone es accionable en el día a día, aunque no busques una vida nómada. Y fue un libro adelantado a su tiempo: hablaba de afiliación, dropshipping o infoproductos años antes de que se pusieran de moda. Conozco a varias personas que lo leyeron y cambiaron de estilo de vida.
No voy a resumirlo. Para mí es un libro de modelos mentales llevados al mundo real para diseñar un estilo de vida, aunque Ferriss nunca los nombre: la matriz de Eisenhower, aprender a decir que no, Pareto combinado con Parkinson, el cuadrante del flujo del dinero de Kiyosaki, la técnica del sándwich, la reina roja, la paradoja de la elección, la inversión de problemas. Se apoya en sus propias experiencias, en entrevistas a lo que él llama «nuevos ricos» y en libros como La magia de pensar en grande, Vagabonding o El principio 80/20. Un aviso: su estilo es muy directo, a veces tajante, y el sesgo de autoridad pesa. Llévatelo a tu terreno y quédate con lo que te sirva.
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Fernando Alonso
Píldoras del Conocimiento. Ingeniero en inteligencia artificial, doctor en robótica, profesor universitario e investigador en robótica social. Tim Ferriss es uno de sus referentes: ya dedicó con Abraham Jiménez un episodio a Armas de titanes.
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Los nuevos ricos
Ferriss habla de los nuevos ricos: quienes ganan dinero con el menor esfuerzo posible para tener tiempo para lo que de verdad desean. Para mí es una semilla de lo que hoy es el movimiento FIRE, la independencia financiera y la jubilación anticipada. La idea central: no es más rico quien más gana en valor absoluto, sino quien más gana por hora y tiene tiempo libre de calidad. Trabajo inteligente frente a trabajo duro. Y una idea que te explota la cabeza si nunca la has oído: lo que haces con tu tiempo y lo que haces para ganar dinero pueden ser cosas completamente distintas; no hay que confundir qué haces con quién eres.
Dice Ferriss que la fantasía no es tener un millón en el banco, sino la vida de libertad que crees que te dará. Yo añado que esa fantasía es tener ilusión, quizá lo más parecido que tenemos a eso que llamamos felicidad. Ser rico en dinero y vivir como un millonario son cosas distintas: el dinero se multiplica en valor práctico según cuánto controlas qué haces, cuándo, dónde y con quién. Ese es el multiplicador de la libertad.
No aplazar la vida a la jubilación
Ferriss ataca una costumbre heredada de generaciones anteriores: aplazar el disfrute para la jubilación. Para mí también es un error, y hablo por experiencia. Mi padre era director de banca; poco después de prejubilarse le detectaron un cáncer, y su retiro empezó lidiando con la enfermedad, hasta que falleció al poco tiempo. Dejar los viajes o lo que deseas para cuando te jubiles es asumir un riesgo que puede salir completamente mal. Los argumentos del libro: das por hecho que no disfrutarás de los años de mayor capacidad física de tu vida; tras la jubilación, los «años dorados» suelen traer un recorte del poder adquisitivo real; y si aun así te salen las cuentas, probablemente eres una máquina de trabajar ambiciosa que, a la semana de jubilarse, estará tan aburrida que buscará otro trabajo.
La otra esencia del libro es ser productivo, no estar ocupado. Yo uso una extensión del navegador, Block Site, en ciclos de unos 25 minutos que bloquean redes sociales, correo y periódicos; si entro por inercia, me lo impide y me anima a volver a lo importante. Y si no tienes nada productivo que hacer, no hagas nada: el aburrimiento y el descanso también son productivos, igual que cultivar tus relaciones o tu cuerpo. Ferriss añade dos ideas que repite mucho.
Para casi todo lo importante, el momento siempre parece pésimo, como tener un hijo. Y mejor pedir perdón que pedir permiso: si no vas a dañar a nadie y el posible daño es pequeño y reversible, no des a los demás la ocasión de decirte que no. Yo lo suavizaría: antes de actuar sin permiso, intenta un pequeño periodo de prueba con tu jefe, tu pareja o tu compañero. Y su fórmula para fracasar: intentar contentar siempre a todo el mundo.
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Maximizadores y satisfactores
Ferriss advierte de que las cosas llevadas al exceso se convierten en lo contrario: obsesionarse con ser hiperproductivo o superahorrador puede dar el efecto opuesto. No se trata de acumular tiempo ocioso, sino de hacer lo que quieres frente a lo que te sientes obligado a hacer; si disfrutas trabajando, adelante, siendo consciente de tu equilibrio vital. Me recuerda al modelo del maximizador y el satisfactor. El maximizador busca siempre la mejor decisión posible, el máximo global, algo por definición imposible, y se topa con la paradoja de la elección. El satisfactor baja un poco el listón y se queda con un máximo local que le satisface, sin tanto arrepentimiento.
John Bogle tiene un libro titulado Suficiente que va de esto, y Charlie Munger venía a decir que la forma más fácil de ser feliz es tener expectativas bajas, porque muy poca gente cumple las enormes expectativas que tiene para su vida. Yo me inclino por un punto intermedio, aun sabiendo que pensar que el punto medio es la solución es otro sesgo: acercarse al máximo global sabiendo que nunca se alcanza, pero quedarse más cerca de ahí que de la mediocridad. Tampoco hay que despreciar a la masa: en conjunto suele decidir bastante bien, un máximo local que deja satisfecho a casi todo el mundo, y para la mayoría el satisfactor será quien más felicidad obtenga. Lo suelo explicar, de forma muy simplificada, como la diferencia entre perseguir el pico de la dopamina, el sistema de búsqueda, y un bienestar más constante.
Y el dinero, por sí solo, no es la solución. Ferriss lo dice sin rodeos: si sigues en la rueda del dinero fingiendo que todo se cura con él, te crearás una distracción constante que te impedirá ver que lo que haces no tiene sentido; y como todo el mundo juega igual, es fácil olvidarlo. Ahí operan la sanción social y el efecto arrastre.
El temor y las metas enormes
Kahneman explicó que un revés nos duele más o menos el doble de lo que nos alegra una ganancia equivalente, y por eso el temor pesa tanto en nuestras decisiones. Ferriss dice que el temor tiene muchas caras y que solemos disfrazarlo de negación optimista: el infierno puro te obliga a actuar, pero si la cosa no llega a tanto, se aguanta con una buena dosis de racionalización. Me gusta una frase que yo asociaba a Dale Carnegie y que suele atribuirse, sin mucha base, a Mark Twain: soy viejo y he conocido muchas desdichas, pero la mayoría nunca sucedieron. Muchas veces, lo que más nos asusta es justo lo que más deberíamos hacer.
Luego viene una de las ideas más contraintuitivas del libro: hacer lo poco realista es más fácil que hacer lo realista. Como la inmensa mayoría está convencida de que no puede lograr grandes cosas, aspira a metas modestas, y la competencia por ellas es feroz. Yo lo conecto con la ley de Sayre, según la cual las disputas más enconadas suelen darse donde menos hay en juego. Además, una meta enorme da un chute de energía que te ayuda a aguantar las inevitables piedras del camino; las metas realistas motivan menos y es más fácil abandonarlas.
No solo es posible conseguir más haciendo menos: es obligatorio.Tim Ferriss, en el libro
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Eliminar: eficaz no es lo mismo que eficiente
La primera de las cuatro partes del libro es la eliminación. No se trata de meter más cosas en tu día: estar ocupado suele ser un pretexto para evitar las pocas acciones incómodas que de verdad importan. La distinción clave: ser eficaz es hacer lo que te acerca a tus metas; ser eficiente es hacer una tarea, importe o no, de la forma más económica posible. Todos conocemos a alguien que mira el correo treinta veces al día y tiene un sofisticado sistema de carpetas y reglas para colocar cada mensaje en su sitio: eficiente, pero absolutamente ineficaz. Mis conclusiones: hacer bien algo intrascendente no lo convierte en importante; lo que tú consideras importante no tiene por qué serlo para otro, así que respeta su escala de valores; y que una tarea exija mucho tiempo tampoco la hace importante.
Aquí entra la combinación que le cambió la vida a Ferriss, quemado tras trabajar ochenta horas semanales en su empresa de suplementos: la ley de Pareto, el 80 % de los resultados sale del 20 % de las acciones, unida a la ley de Parkinson, una tarea se hincha en importancia y complejidad percibidas según el tiempo que le asignas. Prescindió de los clientes baratos que más problemas daban, se quedó con los que aportaban la mayor parte de los resultados, y acotó el tiempo para hacer solo lo importante. Mantenerse ocupado es una forma de pereza. Y decir que estás desbordado no significa que priorices mal: puede que simplemente no tengas más tiempo para eso, porque respetas tu descanso y tu aburrimiento.
Los grandes ladrones de tiempo son tres. Las personas que, con pocas tareas importantes, reclaman tu atención para nimiedades con conversaciones, correos o reuniones sin orden del día. Las tareas repetitivas, que pueden hacerse en tandas o delegarse. Y la falta de delegación: necesitar permiso para cualquier minucia. Dice Ferriss que el coeficiente intelectual de alguien parece doblarse cuando le das responsabilidad y confianza, con algún mecanismo para ver si llegan los resultados. Si trabajas para otro, pide más independencia con pequeñas pruebas reversibles; un truco que me encanta es la palabra «razonable»: «¿te parece razonable?». Y si diriges, aprende a delegar, porque si no frenas el crecimiento de tu gente; mejor pocas personas que funcionen que muchas en las que no puedes delegar. Antes que personas, sistemas automáticos.
Cuidado con el ego. En El libro negro del emprendedor, de Fernando Trías de Bes, hay una ley universal: nadie trabaja mejor que nosotros; si soy rápido, es porque soy rápido, y si soy lento, porque lo hago bien a la primera. Ese sesgo de creernos mejores que la media nos impide delegar. Pero tampoco hay que irse al extremo contrario, la paradoja de la tolerancia que describió Karl Popper: si todo vale, no decidiremos nunca quedarnos con el 20 % de las personas y situaciones que dan el 80 % de los resultados.
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Tandas, fricción y una dieta hipoinformativa
Mis soluciones prácticas, muchas sacadas del libro. Los grupos de WhatsApp sin valor, de los que no salimos por coste hundido, por presión social o por FOMO, ese temor a quedarnos fuera de algo: yo me he salido de muchos explicando que prefiero el teléfono o el correo y que, si pasa algo importante, me llamen. Si no quieres salir, léelos en un momento concreto y sin notificaciones: aumenta la fricción. Lo mismo con las cotizaciones de bolsa: si inviertes, automatiza una orden o una alerta de precio, o invierte un día fijo al mes, y olvídate; mirar precios a todas horas tiene algo de ludopatía.
No empieces el día con el correo ni las redes: aunque solo eches un vistazo, el marrón que caiga te generará ansiedad. Usa bloques temporales en el calendario, con hora de inicio y de fin (otra vez Parkinson), pocas tareas y por orden de importancia, porque la energía baja a lo largo del día. Y la matriz de Eisenhower: lo urgente e importante, al momento; lo importante no urgente, a tu calendario; lo urgente que no exige que lo hagas tú, delégalo; y lo que no es ni urgente ni importante, elimínalo.
El móvil, lejos: yo lo dejo apagado en otra habitación cuando leo, para que acceder a él cueste. No eres el presidente de Estados Unidos. Ignora llamadas de números ocultos y, si necesitas concentrarte, aíslate físicamente; en un despacho compartido, unos cascos que aíslan del sonido, con música suave, acostumbran además a tu entorno a interrumpirte solo por algo importante. No conviertas el correo en un chat: para fijar una reunión, una herramienta como Doodle o dos o tres opciones ya puestas en el calendario; y el «gracias por adelantado», un arma poderosa.
Mira el correo en tandas, por ejemplo a media mañana, cuando ya has hecho lo importante, y avisa a tu entorno: les molestará al principio y se adaptarán. Puedes programar el envío de tus correos, de mensajes en Telegram o de tuits a una hora fija. Y con los audios de WhatsApp, pregunta antes: obligar a otro a escuchar tres minutos de divagaciones no es lo mismo que resumir tu idea en unas pocas palabras (lo dice alguien que tiene un pódcast).
Ferriss también propone alejarse de quien nos contagia su pesimismo, su pereza y sus bajas expectativas: las amistades son algo vivo, y seguir con alguien solo por coste hundido es renunciar a gente con la que tendrías más sintonía. Y la dieta hipoinformativa, que llevo dos años aplicando: reducir lo que entra en tu cabeza, empezando por unas noticias que, por el sesgo de negatividad, venden lo peor, como cuenta Ryan Holiday en Confía en mí, estoy mintiendo. Ferriss lo lleva al extremo y desaconseja leer ensayos, salvo el suyo, y prefiere novelas antes de dormir; me resulta paradójico en alguien que pregunta a todos sus invitados por sus libros favoritos. Su criterio es el «justo a tiempo»: ¿voy a usar esta información pronto y para algo importante? Si no, no hace falta consumirla, como comentaba con Antonio Rico. Y empezar algo no obliga a terminarlo.
Correo, teléfono y, solo al final, la reunión
El humorista Dave Barry describía las reuniones como una actividad adictiva y autoindulgente, con una comparación que mejor leer en el libro. El orden de Ferriss: primero, un correo conciso y por puntos, que no interrumpe y se puede leer en tandas; si es urgente o se presta a malentendidos, el teléfono; y solo para decisiones colegiadas, la reunión presencial, con orden del día, hora de inicio y de fin, y solo con quien decide o aporta información. Jeff Bezos lo resume en su regla de las dos pizzas: ninguna reunión con más gente de la que puedan alimentar dos pizzas.
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Automatizar y construir la musa
La segunda parte es la automatización, de procesos e incluso de decisiones, a menudo con hábitos. Ferriss es tajante: si vives estresado y eres empresario, tu modelo de negocio está mal; si eres asalariado, en el fondo estás asignando mal tus prioridades. Lo que no puedes eliminar pero tampoco tienes que hacer tú, lo delegas, y aquí llega su propuesta más polémica: asistentes virtuales en otros países, sobre todo en la India, contratando empresas y no autónomos para no depender de que alguien enferme.
Él no lo ve como explotación, porque esas empresas pagan bien en moneda local. Sus reglas: nunca automatices lo que puedes eliminar, ni delegues lo que puede automatizarse, y depura procesos antes de incorporar personas, porque usarlas en un proceso mal montado multiplica los problemas. Además, hacía que sus asistentes se comunicaran entre ellos sin pasar por él. Así bajó de ochenta horas semanales a revisar el correo un rato los lunes, y después vendió la empresa.
Entonces construyó lo que llama su musa: un negocio que funcione casi solo y genere ingresos semipasivos. En el cuadrante del flujo del dinero de Kiyosaki, pasó de propietario apalancado en personas a vivir de ingresos pasivos e inversiones, de lo que hablamos a fondo en el episodio 21. Sus consejos: atacar un nicho de la larga cola suficientemente grande, aumentar tu indicador de credibilidad, validar con micropruebas antes de grandes desarrollos al estilo lean startup, porque la intuición sirve de poco para predecir si algo será rentable, y un modelo que yo llamo «roba como un artista»: las ideas están sobrevaloradas, importa la ejecución. Es lo que hago con este pódcast, y lo que hago en ciencia: ver qué hacen otros, llevarlo a mi terreno y aportar una pequeña mejora.
Liberarse y la paradoja de la elección
La tercera parte es la liberación. Al emprendedor le cuesta automatizar, porque le asusta ceder el mando; al asalariado le cuesta liberarse, porque le asusta tomarlo. Para Ferriss, algunos trabajos merecen declararse siniestro total: mejorarlos sería como colgar cortinas de diseño en una celda. Que te avergüence seguir viviendo las consecuencias de decisiones de hace años no debe impedirte decidir bien ahora. Entonces abogaba por la vida nómada, viajar con poco equipaje, físico y emocional, y deshacerse de lo que llama basura disfrazada de necesidad.
Aquí aparece la paradoja de la elección. Tener más opciones da placer al principio, pero la adaptación hedónica lo diluye, y trae parálisis por análisis y arrepentimiento después de decidir, por los caminos que no tomaste. El tiempo libre es un arma de doble filo, y si vives de tu musa sin hacer nada más te puede pasar como a muchos jubilados: sentirte vacío y solo. El estudio de Harvard sobre el desarrollo adulto, que sigue a sus participantes desde 1938, concluye que las relaciones son lo que más felices nos hace.
Llenar el vacío
La última parte se titula así: restar lo malo no crea lo bueno, deja un vacío. Sin plazos ni compañeros, las grandes preguntas son más difíciles de esquivar, y Ferriss aconseja no obsesionarse con las que no tienen respuesta útil. Viktor Frankl, autor de El hombre en busca de sentido y creador de la logoterapia, decía que lo que necesitamos no es una tranquilidad absoluta, sino luchar por una meta valiosa, libremente escogida.
¿Qué hacer con tu tiempo cuando el dinero ya no es un problema? Mis tres respuestas, cercanas a las del libro: aprender sin parar, activo de mente y de cuerpo; ayudar a otros, sin necesidad de salvar el mundo, como hizo Bill Gates con su fundación cuando ya no le hacía falta el dinero; y actividades que te den contacto social, incluido un trabajo o una vocación libremente elegidos, ya sea pintar, escribir o hacer un pódcast.
Mide tu riqueza por hora y por libertad. No aplaces la vida. Elimina antes de automatizar y automatiza antes de delegar. Une Pareto y Parkinson. Mira el correo en tandas y no empieces el día con él. Pon fricción a lo que te distrae. Correo, teléfono y, solo al final, reunión. Persigue metas grandes. Y llena el tiempo libre con aprendizaje, ayuda y personas.
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