La realidad no existe: por qué fallamos al comprender el mundo y seis formas de pensar para fallar un poco menos, con Jaime Rodríguez de Santiago
Nuestras certezas sobre el mundo tienen pies de barro.
Jaime Rodríguez de Santiago, creador del podcast Kaizen, vuelve con su primer libro, «La realidad no existe». Hablamos de cómo se escribe un libro a empujones, de por qué percibimos el mundo de forma útil pero no precisa, del multiverso y del vacío, de la espiral del silencio y el efecto Forer, de seis formas de pensar (crítico, gris, numérico, probabilístico, sistémico y liminal) con ejemplos para practicarlas, y de cómo se puede hacer tanto a la vez.
Marzo de 2023. Jaime vuelve al podcast, tras el episodio sobre modelos mentales, con ojeras de padre reciente y un libro de portada roja que me leí en dos días y medio. Quizá sea su lector ideal, pero me ha encantado: leer a tu ritmo y subrayar ayuda a conectar ideas de una forma que el audio no permite. El mensaje de fondo, dice él, no es nuevo, pero espero que la aproximación sí: construimos nuestra visión del mundo a partir de información muy imperfecta y, aun así, la tratamos como una certeza. Su subtítulo lo resume: cómo entender el mundo cuando entiendes que no entiendes nada.
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Invitado · Autor de «La realidad no existe»
Jaime Rodríguez de Santiago
Ingeniero, «con dos vidas, como los superhéroes y los artistas de cabaré»: entre semana, directivo de empresas de internet (entonces director de negocio de Free Now para el sur de Europa, antes director general de BlaBlaCar en España, Portugal y Alemania); los fines de semana, el podcast Kaizen, con más de 150 episodios. También hace «Nada que ganar» con Javier González Recuenco y Cristina Carrascosa.
Anfitrión
Fernando Alonso
Píldoras del Conocimiento. Ingeniero en inteligencia artificial, doctor en robótica, profesor universitario e investigador en robótica social. Ya usa en sus artículos científicos algunas ideas del libro, como el pensamiento gris.
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Un libro escrito a empujones
Lo primero que me sorprendió fue la calidad del libro, escrito sin dejar de publicar el podcast y siendo padre cinco semanas antes del lanzamiento. Jaime lo disfrutó a ratos, pero lo escribió a empujones: su objetivo era escribir de siete y media a ocho y media cada mañana, pero había meses que lo cumplía y otros que no, y retomar el hilo cuesta, porque relees y ya no te gusta. Retrasaron dos veces la fecha de publicación. Le hablé de la ley de Parkinson, el trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible, y reconoce que tampoco valdría para dedicarse dos años solo a eso: necesita hacer varias cosas para no aburrirse.
La editorial le propuso escribir un libro, sin tema. Él tenía en mente un par de episodios titulados «La realidad no existe», y les encantó. Primero escribió la parte de por qué la realidad no es como creemos y vio que se quedaba coja: había que dar respuestas. Así llegó la segunda mitad, las formas de pensar que él mismo usa. El hilo conductor, confiesa, es muy friki: la primera parte está inspirada en el modelo OSI de redes, por capas, desde lo más físico (los sentidos, la física, el tiempo) hasta lo más abstracto (la psicología individual y, al final, la realidad compartida: cultura, sociología y ciencia).
Las referencias van en notas a pie de página, porque no supo separarlas en Google Docs, y el resultado funciona mejor: te invitan a consultarlas y permiten más humor. Eligió editorial porque conectó con la editora, que sí conocía el podcast, y porque no tenía tiempo de aprender a autoeditarse; con la corrección profesional descubrió cuántos errores tontos cometemos todos. El tono es casi como habla; solo le pidieron rebajar el nivel técnico de los primeros capítulos. Y cada capítulo empieza con un título ingenioso y una historia, como hacen Mark Manson o David Epstein en Amplitud, porque la historia es el ancla de lo que recuerdas y de lo que luego cuentas a otros.
Por qué fallamos al comprender la realidad
Primero, un aviso de Jaime: nuestra percepción es enormemente funcional; si no, no habríamos llegado hasta aquí. Pero útil no significa fidedigna. Fallamos por una combinación de mala información y un procesamiento que prioriza la utilidad sobre la precisión. Nuestros sentidos no captan todas las longitudes de onda ni todos los sonidos; vivimos rodeados de incertidumbre y ni siquiera sabemos lo que piensan de verdad los que nos rodean; y nuestra experiencia es una parte minúscula de lo que sucede. Además, el cerebro busca la mayor utilidad con el menor consumo de energía, decidiendo en milésimas si algo es una amenaza, algo muy útil en la selva y fuente de estrés si tu jefe pasa a ser la amenaza.
Le encanta una metáfora del científico cognitivo Donald Hoffman: lo que percibimos es una interfaz, como el escritorio de tu ordenador, que ni es un escritorio ni tiene carpetas, sino una abstracción para manejar electrones sin entenderlos. ¿Se puede fallar menos? Sí, con herramientas como el pensamiento crítico. La percepción nunca será perfecta, pero podemos mejorarla para tomar mejores decisiones a largo plazo. Yo lo conecto con Donella Meadows: en un sistema complejo lo más importante es su propósito, y el nuestro, como dice Jaime, es sobrevivir y reproducirnos.
De un propósito tan simple emergen religiones, sociedades o bitcoin, igual que de puertas lógicas emerge algo capaz de reconocer el habla o escribir como ChatGPT. Por eso, predecir que tal profesión desaparecerá con la IA en cinco años es casi como jugar en un casino. La realidad, resume Jaime, es compleja, incierta e impermanente, así que mejor pensar en probabilidades: una mala decisión puede salir bien y una buena, salir mal.
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Multiversos, vacío y sistemas anidados
El capítulo de física, que Jaime pidió revisar por Twitter a un físico, Fernando García Quismondo, termina con una pregunta: ¿y si este universo no es el único? Hay teorías que apuntan a universos paralelos, como en la ciencia ficción o en Bola de Dragón. Y lo que más le sorprendió del físico: en algunas interpretaciones, los universos no se desdoblan con cada decisión que tomamos, sino cada vez que dos partículas interactúan. Eso lleva al debate del libre albedrío, que Jaime deja fuera a propósito: el libro se pega a lo comprobable y, exista o no el determinismo, vivimos como si decidiéramos.
Otra idea que me fascinó: lo vacío que está todo. David Deutsch explica en El comienzo del infinito que la Tierra es un lugar atípico: lo típico del universo es un vacío inmenso y helado. Y el físico le hizo ver que, proporcionalmente, hay aún más vacío entre las partículas de nuestro cuerpo. De ahí su chascarrillo: vivimos en un universo vacío a escala macro y micro, y aun así te toca cenar con tu cuñado. También hablamos de cómo todo forma un sistema, como recordaba Marco Aurelio: lo que no beneficia a la colmena no beneficia a la abeja.
Jaime matiza que es una mirada antropocéntrica: la Tierra no existe para albergarnos; somos una propiedad emergente del universo. Recomienda ver en YouTube las bandadas de estorninos: cada pájaro sigue a sus vecinos y emerge una figura que reacciona como un solo ser ante un depredador; y cada pájaro es a su vez un sistema complejo, dentro de un ecosistema, dentro de otro. Dónde empieza y acaba cada sistema es, en parte, una categoría que nos inventamos, como la longitud de la costa de Gran Bretaña, que depende de la escala con que la midas.
Sesgos, falacias y paradojas
El libro reparte sesgos, falacias y paradojas por todos los capítulos, lo que me ayudó a digerirlos. Comentamos tres. El pensamiento catedral: quienes empezaban una catedral sabían que no la verían terminada, y hoy tenemos la Sagrada Familia. Nos cuesta cada vez más plantear proyectos multigeneracionales, quizá por un presentismo que antes no existía, cuando se pensaba más en la vida después de la muerte, y por la polarización. Para Jaime, el último gran proyecto de ese tipo fue el programa Apolo, y el próximo debería ser el cambio climático; los grandes saltos tecnológicos del siglo XX vinieron en buena parte de las guerras y del Apolo. En Where Is My Flying Car?, J. Storrs Hall sostiene que el progreso científico se ha frenado, aunque adoptamos tecnología más rápido que nunca; el título juega con aquella frase de Peter Thiel: queríamos coches voladores y nos dieron 140 caracteres.
La espiral del silencio, de la socióloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, cuyo pasado durante el nazismo fue después muy cuestionado: un grupo pequeño fija la opinión pública y quienes piensan distinto callan, reforzando esa supuesta verdad. Conecta con la falsificación de preferencias de Timur Kuran: en las encuestas decimos una cosa y pensamos otra, y luego llega un resultado electoral que nadie esperaba. Yo añadí la ventana de Overton y la manipulación de la opinión pública que cuenta el libro, de Edward Bernays, el sobrino de Freud que consiguió que las mujeres fumaran, a Ryan Holiday en Confía en mí, estoy mintiendo.
Y el efecto Forer: Bertram Forer dio a sus alumnos el mismo informe de personalidad, ambiguo, y todos se sintieron retratados. Creemos que todo va de nosotros; de eso viven el tarot y las cartas astrales, como explica Ramón Nogueras en Por qué creemos en mierdas. Jaime lo explica con Esto es agua, el discurso de David Foster Wallace: todo en nuestra experiencia nos confirma que somos el centro del universo, y ese es nuestro modo por defecto. El conductor que se te cruza no lo hace por fastidiarte: va con prisa y no te ha visto.
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Seis formas de pensar
La segunda mitad del libro propone seis formas de pensar, ideas que todos tenemos flotando de forma difusa hasta que alguien les pone nombre. El pensamiento crítico, el más conocido. El pensamiento gris, frente al polarizado de blancos y negros: cuánta resolución necesitas en cada situación. El pensamiento numérico: no hacer cuentas, sino interpretar los números, como enseñan Piensa claro, de Kiko Llaneras, o los libros de Tim Harford. El probabilístico: el papel del azar y la suerte en tu vida.
El sistémico: cómo todo se conecta y emergen comportamientos. Y el liminal, idea de Dave Gray, que Jaime mezcla con el apilamiento de habilidades: moverse en la frontera entre disciplinas y combinar conocimientos para lograr una mezcla única, convertirse en eterno aprendiz. Yo los veo casi como materias: filosofía de la ciencia, lógica borrosa, matemáticas, estadística, sistemas y la frontera entre el caos y el orden. Jaime añade un ejemplo de probabilidad sin números: la duda razonable de los juicios es un umbral de probabilidad.
Un aviso que compartimos: el conocimiento es un sistema vivo. La psicología vive una crisis de replicación y experimentos clásicos, como algunos de primado social, no se reproducen. Jaime cita a George Box: todos los modelos son erróneos, pero algunos son útiles, como la gravedad de Newton, que funciona hasta que la llevas a velocidades altísimas. Por eso el epílogo del libro dice que esa es su forma de ver la realidad a los 38 años, y dentro de tres será distinta. Lo ideal no es aferrarse a un mapa equivocado, como critica Taleb, sino saber dónde puede fallar el tuyo. Yo, como investigador, publicaría distinto algunos de mis artículos, por haber usado preferencias declaradas o por sesgos de selección; Jaime añade que ninguna idea pura resiste el contacto con la realidad, y que incluso la revisión por pares se está convirtiendo en un juego que algunos hackean.
El idioma y la cultura también moldean lo que vemos. Lo cuenta Through the Language Glass, de Guy Deutscher: los colores son cortes arbitrarios de un espectro continuo, y los rusos distinguen dos azules. Hay experimentos que sugieren que el género gramatical influye: «tenedor» es masculino en español y «fourchette» femenino en francés. En El mapa cultural, Erin Meyer, profesora del INSEAD, muestra cómo cambian las formas de razonar y comunicar en los negocios según el país; ante la foto de una pecera, los japoneses describían el contexto y los estadounidenses, el pez en primer plano. Hay una lengua aborigen australiana, el guugu yimithirr, que no usa izquierda ni derecha, sino puntos cardinales, y en aimara el futuro está detrás, porque no lo ves, y el pasado delante. Y algo muy doméstico: ningún hombre conoce tantos tonos de azul como cuando elige los azulejos del baño.
Todos los modelos son erróneos, pero algunos son útiles. Lo ideal es saber dónde puede fallar el tuyo.Jaime Rodríguez de Santiago
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Cómo practicar cada forma de pensar
Le propuse un juego: un ejemplo concreto de cada una. Pensamiento gris: debates como el del aborto, que reducimos a «a favor» o «en contra» cuando casi nadie lo admite en cualquier supuesto ni lo prohíbe en todos; la mayoría estamos en grados intermedios. O The State of Affairs, de la terapeuta Esther Perel: ¿dónde empieza una infidelidad? La clave es qué precisión necesitas: mucha para redactar una ley o elegir azulejos, poca para pedir a tu pareja «el bote azul».
Pensamiento crítico: además del kit para detectar camelos de Carl Sagan o los trucos de Feynman contra los vendedores de milagros, su ejercicio favorito es la técnica Feynman: escribe lo que crees dominar como si se lo explicaras a un niño de ocho años, encuentra lo que das por supuesto y refínalo, y mejor aún si luego se lo cuentas a alguien. Bromea con que hacer un podcast es una gran forma de practicarlo.
Yo lo veo en mis alumnos: al principio se esconden tras diapositivas llenas de texto, y con los años explican sin ellas; los tecnicismos sirven para comunicar rápido entre expertos y, también, para ocultar ignorancia. Y el «hombre de acero» de Charlie Munger: no opinar sin ser capaz de defender la postura contraria mejor que quienes la defienden, lo contrario del hombre de paja. Así tu cabeza se parece a lo que debería ser la sociedad, una competición de las mejores ideas.
Pensamiento probabilístico: pasar de matices a posibilidades con un árbol de decisión. Si organizas un concierto benéfico y dudas entre un recinto cerrado, más pequeño y caro, y uno al aire libre, más grande pero expuesto a la lluvia, multiplica la probabilidad de cada escenario por su beneficio esperado. Yo recomiendo The Thinker’s Toolkit, de Morgan Jones, con técnicas como el diagrama de Ishikawa, y Jaime, Bulletproof Problem Solving, escrito por exconsultores de McKinsey; aunque Javier González Recuenco diría que eso sirve para problemas complicados, no complejos.
Pensamiento sistémico: el teletrabajo, que el libro Upgrade, de David Alayón y Mónica Quintana, analiza como problema complejo: ahorra oficinas y emisiones, pero quizá aumenta la rotación, debilita la cultura o complica la incorporación de los nuevos, y atrae a quien solo quiere teletrabajar. Se pueden mapear con pósits los agentes implicados (empleados, directivos, accionistas, clientes) y cómo se afectan entre sí. Pensamiento liminal, emparentado con el lateral: las técnicas de Giorgio Nardone en Problem solving estratégico.
«Cómo empeorar»: piensa en todas las formas de no lograr tu objetivo, la inversión de Munger, y encontrarás palancas. Y la «técnica del escalador»: como el escalador experto, que mira la cima y recorre el camino al revés, imagina que ya has llegado y reconstruye los pasos desde el último hasta el primero. Yo la uso: si quieres una casa concreta, ve a visitarla y construye el camino hacia atrás.
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Y pensamiento numérico: el sildenafilo se probó contra la angina de pecho, no funcionó bien y tuvo un efecto secundario que dio lugar a la Viagra. Durante años nadie estudió si aliviaba el dolor menstrual porque en los ensayos solo había hombres. Pensar en números es preguntarse quién falta en la muestra. O buscar comparables cuando el Gobierno anuncia miles de millones: ¿cuánto toca por español, cuántos hospitales son? Y el concepto de la micromuerte, una probabilidad de uno entre un millón de morir haciendo algo: no es lo mismo recorrer 400 kilómetros en coche que en moto, y los seguros lo usan para fijar primas.
Señor Lobo o Doctor House
El libro distingue tipos de problemas. Karl Popper hablaba de problemas como relojes, mecánicos y predecibles, y como nubes, dinámicos y difusos. Hay sencillos, con una receta que siempre funciona, como cocinar; complicados, con buenas prácticas y expertos que combinan saberes, como mandar un cohete a la Luna tras la primera vez; complejos, que surgen de sistemas complejos y sin precedentes; y retorcidos, un subtipo de complejos que atraviesan disciplinas y escalas, con muchos actores en conflicto y una enorme incertidumbre, como el cambio climático.
Jaime cita a Javier González Recuenco: para un problema complicado necesitas al Señor Lobo de Pulp Fiction, el experto que lo ha resuelto mil veces; para uno complejo, al Doctor House, que funciona donde los precedentes no valen, asume riesgos y prueba hipótesis razonadas. Y a veces, más que identificar cada pieza del sistema, conviene identificar sus bucles de realimentación y actuar sobre ellos.
Cómo hacer tantas cosas a la vez
El libro iba por su tercera edición, y Jaime no tenía expectativas: ante algo que hace por primera vez, se centra en el proceso, quizá por ser hijo de un pintor y de una fotógrafa. ¿Cómo hace tanto? No hay fórmula mágica: no lo hizo todo a la vez. Empezó una cosa, llegó a cierto dominio y añadió otra, dejando otras por el camino y pagando un precio: el podcast lo hace los fines de semana, y empezó a escribir cuando ya sacaba un episodio a una velocidad razonable.
Para la llegada de su hija dejó todos los episodios grabados, a costa de unas navidades terribles. Su truco: la disciplina de cortar. Desde niño, a las ocho de la tarde dejaba de estudiar aunque tuviera examen, y hoy tiene en el calendario un aviso de «para y vete a casa»: el trabajo es infinito, entras enseguida en rendimientos decrecientes, y la clave es encontrar el 20 % que da el 80 %. Yo añado que con los años se aprende a delegar, y tu trabajo pasa a ser decidir bien.
Asume que tu percepción es útil, no precisa. Piensa en probabilidades, no en certezas. Pregunta quién falta en la muestra. Busca la precisión que necesitas y no más. Defiende la postura contraria antes de opinar. Explícalo como a un niño de ocho años. Y en lo complejo, prueba hipótesis como el Doctor House.
A Jaime se le encuentra en su web, donde está Kaizen y su comunidad de unas cuatrocientas personas, con encuentros mensuales y mentorías, y en Twitter. Estoy convencido de que su libro se venderá durante muchos años, porque cose muy bien mucho conocimiento.
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