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FuturoEpisodio 73Leganés, Madrid

Píldoras del Conocimiento

Superpronosticadores, metamercados y el nuevo mundo que llega: cómo pronosticar mejor y hacia dónde va la tecnología

Ensayo

Tener un 100 % de convicción sobre un futuro incierto es una bandera roja.

Último episodio de 2021, en solitario. Las diez cualidades que, según Philip Tetlock, comparten los superpronosticadores; las direcciones en las que cambia el mundo y las fuerzas que lo aceleran; los objetos digitales inteligentes, los juegos NFT y los metaversos descentralizados; por qué no invierto en bitcoin; el futuro de la electrónica de consumo, el coche y la robótica; y mi balance como inversor.

Carátula del episodio 73, Superpronosticadores y metamercados
Audiopodcast · Episodio 73 · 46 min Superpronosticadores, metamercados y el nuevo mundo
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Diciembre de 2021. Prever el futuro es una de las obsesiones más antiguas y escurridizas del ser humano, y lo hacemos constantemente: nuestro cerebro es un simulador que trabaja con modelos del mundo y viaja hacia atrás y hacia delante. Cuanto mejor predices, mejor decides. En este episodio de despedida del año repaso cómo pronosticar un poco mejor y, después, me la juego: aplico esas reglas a lo que creo que está por llegar. Un aviso desde el presente: lo grabé hace años, así que es también un ejercicio para comprobar qué acerté y qué no.

Formación · Pensamiento y modelos mentales

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Pensar como un zorro, descomponer problemas y actualizar tus modelos: es la base de mi formación para aprender a resolver problemas complejos, con dinámica de sistemas, metajuegos arquetípicos, puntos de influencia y herramientas para decidir mejor.

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Quién lo cuenta

Fernando Alonso

Anfitrión

Fernando Alonso

Píldoras del Conocimiento. Ingeniero en inteligencia artificial, doctor en robótica, profesor universitario e investigador en robótica social. Inversor particular con un estilo de pocas operaciones al año, y a punto de publicar, cuando grabó este episodio, su primer libro.

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Las cualidades de los superpronosticadores

Ya decía Cicerón que quien se pasa el día tirando al blanco acaba acertando alguna vez; piensa en quien anuncia la próxima crisis cada año. Dos mil años después, Philip Tetlock comprobó en un estudio de dos décadas que, de media, los expertos acertaban poco más que un chimpancé lanzando dardos. Los medios calman nuestra necesidad de certeza con vaticinios sin sustento que buscan entretener o impresionar, y que se olvidan sin que nadie compruebe si se cumplieron. Pero el matiz importante es que, según Tetlock, la habilidad de prever existe, y la tienen unas pocas personas: los superpronosticadores, que describió con Dan Gardner en Superforecasting. Esto es lo que tienen en común:

Son más zorros que erizos. Lo dice un verso del poeta griego Arquíloco, que popularizó Isaiah Berlin: el zorro sabe muchas cosas; el erizo, una sola y grande. Los erizos expertos fallan a menudo incluso en su campo; los zorros acumulan modelos mentales de muchas disciplinas, son pragmáticos y no dedican energía a predecir lo inútil. Diseccionan los problemas en partes más sencillas y luego los reconstruyen. Miran el bosque antes que el árbol: buscan las probabilidades de partida, la frecuencia con que algo así ha pasado antes. Actualizan sus creencias con cada dato nuevo, lo que llamé en otro episodio un rolling forecast, vigilando sus sesgos y la credibilidad de la información: intentar, fallar, analizar, ajustar. En el fondo es el teorema de Bayes, que recomiendo estudiar a todo el mundo.

Hay mucha gente, se ve muchísimo en Twitter, con serios problemas para interpretar estadísticas y gráficos trucados según los incentivos de cada cual. Dos ejemplos: «si quitamos estas tres empresas, el índice está en negativo»; si quitas las mejores, quita también las peores. O «si no hubieras estado invertido los diez mejores días del mercado, te habrías quedado sin toda la rentabilidad»; quita también los diez peores, que tienes la misma probabilidad de no estar en ellos, y verás que la rentabilidad sale casi calcada.

Más cualidades: contemplan visiones opuestas, un superpoder hoy en día; rechazan la ilusión de certidumbre y piensan en probabilidades, sabiendo que quien afirma algo categóricamente solo aprovecha nuestra tendencia a fiarnos de quien se muestra seguro; son prudentes, pero decisivos; aprenden de la experiencia, buena o mala; hacen preguntas precisas; y lo cuestionan todo. En resumen: mente abierta, curiosidad extrema, un polímata cuidadoso y muy autocrítico, consciente de que las emociones y los sesgos nos hacen malos pronosticadores por naturaleza.

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Las direcciones del cambio y sus aceleradores

Aplico ahora estas reglas. Veo cuatro direcciones en las que cambia el mundo. La digitalización: si no estás en internet, casi no estás en ninguna parte; de la web 1.0 estática de Netscape pasamos a la 2.0 de las redes sociales, y se habla de una web 3.0 donde convergen gemelos digitales, mundos virtuales e internet de las cosas. La reducción de costes: una foto de calidad hoy cuesta cero si llevas un móvil de gama media; la tecnología es deflacionaria. La desmaterialización: libros electrónicos, Wikipedia en lugar de enciclopedias, música en la nube; a veces no nos gusta, pero elegir bien es la clave. Y la democratización: la tecnología es cada vez más barata y accesible, hasta el punto de que se suele citar que en África hay más gente con acceso a un teléfono móvil que a agua potable.

Debajo actúan varios aceleradores. El ahorro de tiempo: cada búsqueda en Google te ahorra lo que antes era una visita a la biblioteca, y se calcula que hace un siglo las tareas domésticas llevaban decenas de horas a la semana, sin electricidad ni agua corriente. El estar siempre conectados: de unos 2.000 millones de internautas en 2010 a más de 3.500 millones en 2017, y la frontera entre estar en línea o no se difumina. La longevidad: con la llamada velocidad de escape de la longevidad, que popularizaron Aubrey de Grey y Ray Kurzweil, si la ciencia lograra alargar la esperanza de vida más de un año por cada año que pasa, en la práctica dejaríamos de envejecer.

Teorías aparte, vivir más significa más experiencia y sabiduría. Más tiempo libre para crear: si el 1 % de la población tiene capacidades intelectuales excepcionales, hablamos de unos 75 millones de personas, y hoy, a diferencia de hace cincuenta años, una mente brillante en una pequeña ciudad de provincias tiene acceso a la información y a otras mentes como la suya. El dinero nuevo, las criptomonedas. Y los nuevos modelos de negocio: cada vez es más sencillo montar negocios de una sola persona que facturan más de un millón de euros en pocos años; conozco varios casos cercanos.

Los modelos que creo que cogerán tracción: la economía colaborativa (micromecenazgo, préstamos entre particulares, trabajos por encargo, Airbnb); la economía del gratis, a cambio de tus datos; la economía inteligente, en la que la inteligencia artificial es la nueva electricidad y quien no la use se queda fuera; la economía circular; las organizaciones autónomas descentralizadas (DAO); los modelos de múltiples mundos; y la economía de la transformación, que va más allá de la experiencia: el CrossFit no vende un gimnasio, vende una transformación.

Mi apuesta para la próxima década es la migración, en sentido amplio. La gente deambulará mucho más de país en país, y no solo por el clima: antes solo podían teletrabajar los dueños de las empresas, y hoy cada vez más personas viven viajando, como contó Alberto Álvarez en el episodio de Vagabonding. En tecnología hay una guerra por el talento que da a los perfiles técnicos la sartén por el mango. Crecen el microemprendimiento y el trabajo en solitario, y hay quien se retira joven.

El teletrabajo, a mi modo de ver, es una transición hacia la productividad y la meritocracia: quien ya era productivo lo es más, sin distracciones ni desplazamientos, y quien no lo era queda en evidencia sin una silla que calentar. Las organizaciones que se resistan probablemente acabarán desbancadas por las que atraigan mejor el talento. Y la migración puede ser también hacia el espacio, con Blue Origin o los sueños marcianos de Elon Musk, o de lo físico a lo virtual.

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Objetos digitales inteligentes y metamercados

Paso de lo general a lo concreto. Creo que estamos viendo los orígenes de lo que llamo el metamercado. Un objeto digital inteligente es un objeto digital con una capa de blockchain que lo hace único y le da autenticidad, como a un objeto físico: nace la propiedad digital. Imagina que, con unas gafas inteligentes o el móvil, apuntas a un cartel de Coca-Cola con seis botellas, pulsas un botón y una salta a tu teléfono, sin descargar ninguna aplicación.

En un bar, la pasas al móvil del camarero y te sirve una Coca-Cola de verdad. Funciona como un vale, pero acaba de pasar algo asombroso: has transferido valor del mundo digital al físico, justo lo contrario de minar bitcoin, donde conviertes energía real en un objeto digital. Y se puede complicar con contratos inteligentes que, por ejemplo, den una comisión al creador original en cada intercambio. Alrededor de estos objetos surgirán mercados, como alrededor de los físicos.

Ya existen los juegos NFT o play to earn: juegos con su propia criptomoneda, que se gana o se esfuma jugando y se negocia en plataformas de intercambio, y con objetos y habilidades que se compran y venden dentro del juego. Hoy la mayoría son pura especulación, con mecánicas pobres, errores que hunden su moneda y técnicas de enganche como las del episodio 69, por ejemplo cofres de pago con recompensa variable.

Pero piensa en el futuro: si las cartas Magic certificadas valen cientos de miles de euros, imagina un juego de alto presupuesto, un Pokémon Go, con esas dinámicas y un mercado de objetos digitales a su alrededor. Antes, una skin de Fortnite no podías revenderla ni llevarla a la siguiente versión: todo lo que metías de tiempo y dinero quedaba atrapado ahí. Con objetos que se pueden comerciar, e incluso canjear en el mundo físico, todo empieza a cobrar sentido.

Otra vuelta de tuerca y llegamos al metaverso, que hoy todos asociamos a Meta, la antigua Facebook, o a Nvidia. Algunos autores lo descomponen en hasta siete niveles de evolución tecnológica, y creo que estamos en los primeros: metaversos centralizados, de empresas interesadas en registrar nuestra vida para bombardearnos con publicidad, ni estándar ni interoperables. No creo que el futuro a medio plazo vaya por ahí, por el riesgo extremo para la privacidad, aunque mucha gente cambiará comodidad por datos. Están surgiendo metaversos descentralizados, impulsados por comunidades, de forma parecida a como el movimiento cypherpunk de los ochenta y noventa, preocupado por la privacidad financiera, preparó el terreno para bitcoin.

Los más conocidos son Decentraland y The Sandbox. Nada de realidad virtual en 3D: funcionan en un navegador. Pero por primera vez veo tantas tecnologías juntas con sentido: dinámicas de juego, criptoactivos, mercado inmobiliario digital, metamercados, DAO y contratos inteligentes. Decentraland funciona sobre Ethereum, se financió en 2017 con una oferta inicial de monedas y lo gobierna su comunidad a través de una DAO. Su criptomoneda es MANA, y sus parcelas, LAND y ESTATE, son NFT: al comprar parcelas, el MANA empleado se destruye mediante un contrato inteligente. Hoy se usa sobre todo para especular, pero ya hay diseño de ropa, compraventa y alquiler de parcelas virtuales, galerías de arte, eventos en directo y tiendas virtuales cuyos productos llegan a tu casa real.

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Por qué no invierto en bitcoin

Hablo de bitcoin por primera vez en el podcast, tratando de ser objetivo. No sé si triunfará la «hiperbitcoinización», un mundo en el que todo se pague en bitcoin. Su propuesta de «buen dinero» frente al dinero fiduciario puede tener mucho sentido, pero creo prematuro decir si será una alternativa real al dinero fiduciario o al oro como reserva de valor. Yo no invierto en ninguna criptomoneda, igual que no invierto en divisas, ni en oro, ni en plata, ni en nada excesivamente complejo. Y veo motivos por los que su propuesta podría acabar siendo irrelevante. No es sencillo de entender: me dirás que el sistema monetario actual es aún más complejo, pero como reserva de valor el oro se entiende mejor.

Le falta madurez como dinero consensuado, el efecto Lindy, aunque es cierto que otros dineros con mucha historia acabaron desapareciendo. Pueden surgir alternativas radicalmente nuevas, con mejor adopción, que hoy ni imaginamos. Me dirás que el código de bitcoin evoluciona y que su prueba de trabajo es más robusta que la prueba de participación, a la que Ethereum se pasó en 2022; compro el argumento, pero su efecto red, siendo enorme, no es invencible. Y pueden aparecer brechas de seguridad hoy no contempladas, aunque sea poco probable. Que una tecnología sea mejor no garantiza su adopción masiva.

Para mí, el problema que resuelve, que la inflación erosiona el dinero parado, ya lo tengo resuelto invirtiendo en negocios, en acciones y en inmuebles. Puede que se me escapen muchas cosas y que tú tengas una visión más completa. Solo quiero ser sincero.

Electrónica de consumo, coche y robótica

Los móviles están llegando a un techo: cada modelo trae mejoras menos perceptibles. En los próximos años veo baterías que duren una semana, móviles plegables y mejores relojes y auriculares. Apple reina en la electrónica de consumo; Microsoft se ha volcado en el sector empresarial, y aunque sus números son excelentes, no invierto en ella porque apenas uso nada suyo y me recuerda un poco a la IBM que se retiró del consumo. Lo siguiente, a partir de 2025, serán las gafas inteligentes, y a partir de 2030 quizá lentillas o cascos que lean y escriban en el cerebro.

Para mantener el crecimiento que esperan los inversores, las tecnológicas entran en mercados nuevos: los relojes en la relojería, las gafas en la óptica, y también el transporte o el turismo espacial. En la década de 2030 veo el parque de coches transformado en eléctrico y digital, con conducción autónoma y servicios que ni imaginamos; los grandes ganadores pueden ser Tesla, Alphabet, Apple y algún fabricante chino o japonés, y quienes más sufran, los fabricantes europeos y, por desgracia, Europa. En robótica, mi campo, pronostico que, salvo los robots que hacen tareas físicas, como los industriales o los asistenciales para personas mayores o con discapacidad, el resto lo tendrá difícil frente a la desmaterialización, que dará prioridad a los agentes virtuales.

El superpronosticador es abierto de mente, extremadamente curioso, un polímata cuidadoso y, sobre todo, muy autocrítico.Fernando Alonso

Balance de 2021 y un libro en camino

Cumplí mis objetivos del año al 95 %, objetivos ni tan ambiciosos que generen frustración ni demasiado ligeros. Lo importante son los sistemas, pero conviene tener una estrella polar. Como inversor, a 22 de diciembre llevaba una rentabilidad del 32 % en el año, del 24 % anualizado a tres años y del 22 % a cinco años, frente al 8,5 % del MSCI World, mi referencia; rentabilidad bruta ponderada por dinero, y sin contar el colchón de liquidez, del que este año tiré bastante. Hice pocas operaciones: compré Making Science, varias veces Amazon y Alphabet, y el MSCI World; vendí Delta Air Lines, que había comprado en la caída, y los pocos bonos corporativos que tenía.

Estudiar bien y hacer muy poco: una o dos operaciones al mes, y meses sin ninguna. Y anuncié que mi primer libro saldría, si todo iba bien, el 14 de febrero, el día que nació mi padre: un libro divulgativo en tres bloques, sabiduría, riqueza y fortaleza mental. Ese libro es Nacidos para Aprender. Me despedí del año, como el anterior con «El camino no elegido» de Robert Frost, con el poema «Tirar los dados», de Charles Bukowski, que encaja con este episodio: si vas a intentarlo, ve hasta el final.

Para pronosticar un poco mejor

Piensa en probabilidades, no en certezas; empieza por la frecuencia con que algo así ha pasado; actualiza con cada dato nuevo; busca la opinión contraria; y apunta tus predicciones para comprobarlas después. Y desconfía de quien afirma el futuro con total seguridad.

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