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AprendizajeEpisodio 2Leganés, Madrid

Píldoras del Conocimiento

El conocimiento te hace imparable: por qué el cociente intelectual no decide tu futuro, la emoción que fija lo aprendido, aprender de otros y el estado de flujo

Conversación

Ser listo ayuda. Pero lo que te hace imparable es no dejar nunca de aprender.

Abraham Jiménez y yo hablamos del conocimiento como el mejor activo que tenemos: por qué las notas y el cociente intelectual predicen tan poco, cómo la emoción fija lo que aprendemos, dos historias en las que leer artículos científicos cambió el desenlace, la trampa de los compromisos tempranos y el equilibrio entre reto y habilidad que describe el estado de flujo.

Carátula del episodio 2, El conocimiento te hace imparable
Audiopodcast · Episodio 2 · 44 min El conocimiento te hace imparable
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2018, segundo episodio del podcast. Tras un primer capítulo que nos dejó muy buenas sensaciones, Abraham y yo nos sentamos a hablar de una palabra que abarca muchísimo: el conocimiento. Qué es, cómo se adquiere de verdad y por qué, en el largo plazo, pesa más que la inteligencia con la que nacemos. Lo digo siendo profesor universitario y a gusto con lo que hago: la escuela no lo explica todo, y conviene ser consciente de ello.

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Quién se sienta a la mesa

Abraham Jiménez

Copresentador

Abraham Jiménez

Copresentó Píldoras del Conocimiento en sus primeros episodios. En este trae a Tony Robbins, a Aristóteles y a Alejandro Magno, y la historia de un hermano que devoraba enciclopedias a escondidas.

Fernando Alonso

Anfitrión

Fernando Alonso

Píldoras del Conocimiento. Profesor universitario e investigador en robótica social. Curioso de toda la vida: el que levantaba la mano en clase y sigue aprendiendo piano, idiomas o inversión por gusto.

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El cociente intelectual no decide tu futuro

El sistema educativo nos mide con exámenes y, a veces, con tests de inteligencia, como si eso anticipara cómo nos irá. La sorpresa llega con los años: ni el cociente intelectual ni las notas garantizan una buena vida. Abraham se reencontró con antiguos compañeros brillantes cuya vida adulta había ido francamente mal. Y al revés: hay personas muy exitosas que nunca pisaron la universidad o la dejaron a medias, a menudo porque la escuela les pedía ser buenas en todo y a ellas solo les interesaban unas pocas cosas.

Me hace gracia, además, que haya quien desprecie a los demás por tener menos cociente intelectual. Para mí pesa mucho más lo que algunos llaman el cociente de imparabilidad: tener objetivos más o menos claros, resiliencia, antifragilidad, empatía, capacidad de construir redes, aprender del fracaso y, sobre todo, humildad. Creer que ya lo sabemos todo es el camino más corto para dejar de aprender.

Abraham lo completa con un ejemplo: de Einstein se dice que tenía un cociente altísimo (en realidad nunca hizo un test y las cifras que circulan son estimaciones). Pero si hubiera crecido aislado, sin libros ni maestros, habría sido el más listo de su pueblo y poco más. Y una persona de inteligencia normal, formada con el conocimiento de gente extraordinaria, puede llegar muy lejos.

El mejor activo eres tú

Tony Robbins, en Despertando al gigante interior, que Abraham estaba leyendo, habla de un conocimiento especial: el que, en cuanto lo entiendes, puedes aplicar para mejorar tu vida de inmediato. Ese es el que deberíamos buscar. Lo enlazo con algo que dijimos en el primer episodio: el mejor activo que tienes eres tú, y la mejor forma de potenciarlo es meterle conocimiento. Con él decidimos mejor, elegimos el camino adecuado y, en vez de seguir a otros, podemos guiar.

El problema es que vivimos en una sociedad que quiere la recompensa antes del esfuerzo. Queremos la solución sin mover un dedo, y eso fabrica conformistas que siguen a la manada según la moda del momento. Abraham lo resume con una historia: un padre le promete a su hijo dejarle algo para que pueda comer toda la vida. «¿Dinero?», pregunta el hijo. «No, mi biblioteca». Es el viejo «enséñale a pescar», con libros.

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La emoción es lo que fija el aprendizaje

Lo que de verdad se queda es lo que vivimos con emoción: entusiasmo, desafío, incluso necesidad. Quien no se emociona aprendiendo apenas retiene nada, y entra en un círculo vicioso: no me motiva, no se me queda, me motiva menos. Por eso el primer paso es darnos cuenta de que el conocimiento es nuestro mayor activo, y aprender a disfrutar de leer, de escuchar podcasts y de dejar de dedicar tanto tiempo a lo que no lleva a ningún lado.

Abraham cuenta el caso de su hermano. De pequeño era un trasto y sacaba notas discretas; de adulto, unas pruebas mostraron que tenía altas capacidades. En el colegio iba a otro ritmo y no le motivaban, pero en casa se encerraba con la enciclopedia durante una hora. En lo que le apasiona, devora libros sin descanso.

La dificultad es que el conocimiento rara vez da una recompensa inmediata. Es lo que mostró el famoso experimento de la golosina de Walter Mischel: a muchos niños les cuesta esperar quince minutos para conseguir dos en lugar de una. Con el aprendizaje pasa igual. Por eso ayuda vincularlo a una necesidad o a una motivación propia: si no, son solo letras que se borran al cerrar el libro.

En mi caso noto un círculo virtuoso: cuanto más aprendo, mejores decisiones tomo y más oportunidades llegan sin perseguirlas, y a más personas puedo ayudar. Abraham añade un matiz: quien vive cómodo creyendo que ya lo sabe todo a veces rechaza a quien sigue aprendiendo, para reafirmar su propia elección. Es pensar en clave de suma cero, como si que a otro le vaya bien nos quitara algo, cuando en realidad nos beneficia a todos.

Aprender de la experiencia de otros

Hay dos formas de adquirir conocimiento. Una es la propia experiencia, a base de ensayo y error: válida, pero lenta y llena de tropiezos. La otra es apalancarse en lo que otros ya han aprendido. A lo largo de la historia ha habido personas que llegaron mucho más lejos de lo que nosotros llegaremos en sus materias, y apoyarse en ellas acelera el proceso y ahorra errores. A mí me encanta sentarme con un catedrático o con alguien que ha vivido más que yo: en una charla te da consejos que te habría gustado saber años antes.

Abraham pone un ejemplo clásico: Aristóteles fue maestro de Alejandro Magno, al que enseñó filosofía, ciencias de la naturaleza y política. Alejandro no dejó escrito cuánto le influyó, pero es difícil pensar que no lo impulsara al siguiente nivel. Y las generaciones se inspiran en las anteriores: Bill Gates habla de Warren Buffett como su gran mentor, y Mark Zuckerberg buscó consejo en Steve Jobs.

Aprender de tus errores está bien. Aprender de los errores de otros es mucho mejor.Idea atribuida a Warren Buffett

¿Y la ignorancia? Abraham recuerda el chiste del alumno que le dice al profesor que su abogado va a demandar al colegio por violar su derecho a ser ignorante. Lo preocupante no es solo que haya mucha ignorancia, sino que mucha gente vive cómoda en ella, y paga por ello decisiones vitales.

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Dos historias: cuando leer cambia el desenlace

Soy curioso de toda la vida. Una vez un amigo me dijo: «No lo quieras saber todo». Me quedé pensando: ¿por qué no? Si no sé tocar el piano, me gusta aprender piano; si no sé invertir, aprendo a invertir; si no sé alemán, aprendo alemán. Disfruto el camino y sé que me trae cosas buenas. Y me gusta que, cuando hablo con alguien, piense «a ver qué me cuenta», porque lo que digo está contrastado. Que te digan dos semanas después que tu consejo les ahorró 400 euros llena mucho.

Dos ejemplos personales de por qué el conocimiento sí sirve:

Mi dedo. Me rompí un dedo de la mano y la primera operación no salió bien. No sabía nada de medicina, así que me leí todos los artículos científicos que encontré sobre esa lesión hasta entender qué había pasado. Busqué a dos de los mejores especialistas en cirugía de la mano de España; uno me dijo que la articulación no tenía arreglo. No me quedé ahí. Tras mucho esfuerzo, lectura y dinero, hoy hago vida normal.

Mi madre. Nuestra perra la empujó y se le aplastó una vértebra. Tomaba doce pastillas al día y le dijeron que no había solución. Un fin de semana, en lugar de salir con mis amigos, me leí toda la literatura científica sobre ese problema (artículos, no noticias de prensa) y encontré una intervención, la cifoplastia, que entonces no se hacía en la sanidad pública. Localizamos dónde la hacían, el especialista confirmó que tenía solución, y hoy mi madre está perfecta y no toma ni una pastilla. Yo no partía de saber medicina, pero sí sabía leer artículos en inglés y valorar su credibilidad. Como apunta Abraham, no renuncié al placer: renuncié al placer a corto plazo por algo mucho más valioso a largo.

La trampa de los compromisos tempranos

Llevo tiempo dándole vueltas a algo que veo a mi alrededor. Mucha gente consigue pronto un trabajo bien pagado, de ingeniero o de lo que sea. Con ese sueldo se hipoteca enseguida, llegan los hijos y se monta un tren de vida alto. El trabajo no le apasiona, deja de aprender y el sueldo, trabajando para otro, crece pero no de forma exponencial. Pasan los años y se ve atrapada: más compromisos, más cansancio, poco margen para cambiar. A los 50 o 60 muchos se arrepienten de no haber arriesgado ni experimentado.

Mi propuesta: a lo mejor en el corto plazo compensa no perseguir el mayor sueldo posible, sino hacer lo que te gusta, seguir aprendiendo y no atarte a demasiados compromisos demasiado pronto, para conservar la capacidad de arriesgar y explorar. Abraham añade que la escuela enseña muchas materias, pero muy poco de alimentación, ejercicio o economía personal. Y cuando el médico o el gestor nos dan el aviso, aprendemos a contrarreloj.

Fluir: el equilibrio entre reto y habilidad

Si haces lo que hace todo el mundo, como mucho tendrás el resultado promedio. Para avanzar hay que transitar caminos por los que pocos van. Pero ojo: el éxito no es un lugar al que llegar (cuando llegas, descubres que allí no hay nada), sino el camino. Mihály Csíkszentmihályi lo explica en Fluir con una gráfica de dos ejes: tu habilidad y el reto que asumes. Mucha habilidad y poco reto: aburrimiento. Poca habilidad y mucho reto: ansiedad. En el equilibrio, saliendo de la zona de confort lo justo, aparece el flujo: vas esquivando las piedras del camino y, al mirar atrás, ves todo lo que has avanzado. Abraham lo aterriza: objetivos pequeños diarios, de medio y de largo plazo, para que cada logro anime a por el siguiente.

Somos la suma de quienes vinieron antes

Cierro con algo que me parece precioso. Nuestra civilización es la suma de todo lo que nos transmitieron nuestros antepasados. Con los robots que construimos basta un segundo para copiar toda la información a la siguiente generación; los humanos tardamos años y necesitamos trucos y apoyo emocional. Pero todo lo que aprendamos y compartamos hará que quienes vengan después vivan mejor. Por eso, para mí, la parte más importante es compartir el conocimiento de forma desinteresada. Abraham lo deja en una frase: conviértete en una esponja de todo lo que te haga crecer. Y yo añado: ser curioso sin reparo, ser la oveja negra y mejorar un 1 % cada día. Al cabo de un año, eso multiplica por más de treinta y siete.

Para volverte imparable

No te fíes de las notas ni del cociente intelectual: cuentan más la constancia, la humildad y la resiliencia. Aprende con emoción y vincula lo que lees a algo que te importe. Apóyate en quien ya ha recorrido el camino. Cuando algo importante esté en juego, ve a las fuentes. No te ates a demasiados compromisos demasiado pronto. Busca el equilibrio entre reto y habilidad. Y comparte lo que aprendes.

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