Razonamientos que parecen correctos y no lo son, con ejemplos del mundo de la inversión
«Una falacia es una mentira sofisticada.» Falacias lógicas y mitos en la inversión.
Qué distingue una falacia de un sesgo, las trampas lógicas que más se repiten en reuniones, política y finanzas, y seis mitos de la inversión a examen: la burbuja de la gestión indexada, si los dividendos importan, las probabilidades reales de elegir acciones ganadoras, la inversión como máquina de hacerse rico, el mantra de los mejores días y las comparativas promocionales de los fondos.
Lo grabé en noviembre de 2019, tras meses madurándolo. Empecé con una noticia: el consejero delegado de iVoox me llamó para convertir Píldoras del Conocimiento en un iVoox Original, con un apoyo decidido para promocionarlo a cambio de publicarlo solo allí. Antes de decidir pregunté a la audiencia: unos siete de cada diez escuchabais en iVoox, así que apostamos por ello, al menos durante un tiempo. Acababa de leer la autobiografía de Richard Branson, y ya se sabe: quien no arriesga no gana. Después, el tema del episodio: desmontar los mantras que se repiten sin comprobar, porque reconocerlos es la única forma de acercarse a la verdad. Nada de lo que cuento es una recomendación de inversión.
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Anfitrión
Fernando Alonso
Píldoras del Conocimiento. Ingeniero en inteligencia artificial, doctor en robótica, profesor universitario e investigador en robótica social. Invierte su propio dinero desde hace años.
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Primera parte · Las falacias
Falacia no es lo mismo que sesgo
Una falacia es un razonamiento incorrecto que parece correcto: engañoso, pero convincente. Conviene distinguirla de un sesgo cognitivo, que es un atajo que la evolución seleccionó porque daba ventaja: reaccionar rápido sin activar el sistema deliberativo, más lento y costoso. Los sesgos son involuntarios y muy difíciles de combatir; ni siquiera vemos los propios, es el punto ciego. La falacia, en cambio, es un fallo al aplicar las reglas de la lógica, y a menudo se usa a propósito para ganar discusiones, vender o convencer. Podríamos decir que una falacia es una mentira sofisticada, el arte de los buenos mentirosos: la palabra viene del latín fallacia, y en griego se dice sofisma.
Mi ejercicio favorito: en la próxima reunión o mesa redonda, intenta identificarlas. El resultado es asombroso. Los juristas les dan mucha importancia por la precisión del lenguaje, y los ordenadores, en el fondo, implementan la lógica que fundó Aristóteles. Dos lecturas clásicas sobre el tema: El arte de tener razón, de Arthur Schopenhauer, y El príncipe, de Maquiavelo, que habla de simular y disimular: los hombres son tan simples y obedecen tanto a las necesidades del momento que quien engaña siempre encontrará quien se deje engañar; todos ven lo que pareces, pocos palpan lo que eres.
Dos falacias del póker
Le pedí a mi amigo David Huerga, jugador profesional de póker, que me contara las de su mundo. La primera: cuando una mano sale mal, lo atribuimos a la mala suerte; cuando sale bien, a que somos mejores. En el póker y en la vida, un mal resultado suele ser una mezcla de no haber trabajado lo suficiente y de la varianza, ese abanico de resultados que no controlamos. Nuestras acciones rara vez dan un resultado concreto, sino un rango de posibilidades. La segunda: creer que lo que ganas es cien por cien tuyo. Si apuestas con un 80 % de probabilidades de ganar, solo te «pertenece» el 80 % de lo que cobras; entenderlo es lo que te permite aceptar que, cuando una mano sale mal, también te correspondía una parte de ese resultado.
La ilusión de control: creer que, por dedicar muchas horas a una empresa o trabajar en ella, influyes en su cotización. El efecto dotación, ligado a la aversión a las pérdidas que estudió Daniel Kahneman: valoramos más lo que ya poseemos. Y la contabilidad mental de Richard Thaler: entras al casino con 50 euros en el bolsillo derecho, ganas otros 50 y los guardas en el izquierdo como «dinero de la casa» que te da igual arriesgar, cuando los dos son tuyos. O cuando pides un crédito al consumo y solo miras la cuota mensual, no el tipo de interés.
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Las falacias que más se repiten
Prueba incompleta o cherry picking: citar solo los datos que confirman tu postura e ignorar los que la contradicen. Es de las más poderosas porque se alimenta de varios sesgos a la vez, confirmación, disponibilidad, ilusión de control, y está detrás de la prueba anecdótica, sobre todo si se mezcla con la autoridad: «mi primo, que sabe mucho, dice que…», como en una famosa intervención política sobre el cambio climático en la que diez científicos no sabían el tiempo que haría mañana en Sevilla.
Falsa dicotomía: presentar solo dos opciones contrapuestas, como inversión indexada o activa, cuando hay toda una escala de grises: decidir solo dónde y cuándo invertir ya es actuar. Falsa causa: confundir correlación con causalidad, como el político que se atribuye la bajada del paro o el inversor que, tras un +25 %, se cree un genio. Su pariente, la pista falsa: juntar dos frases para que parezcan relacionadas, como «el gobierno se preocupa por la educación, así que la oposición debe votar sus presupuestos».
La apelación a la naturaleza: si es natural, será bueno. El razonamiento circular, cuya conclusión ya está en la premisa. El término medio, creer que el punto entre dos extremos siempre es el correcto. El alegato especial, la excepción que confirma la regla: «soy un gran inversor, pero mi fondo quebró porque ese caso no convenía a mi estrategia». Y la falacia de la incomprensión: como no lo entiendo, será falso.
El que engaña encontrará siempre a quien se deje engañar.Nicolás Maquiavelo
Segunda parte · Los mitos de la inversión
¿Hay una burbuja de gestión indexada?
En 2019, desde que Michael Burry lo dijo, se puso de moda hablar de una burbuja por culpa de los fondos indexados. Los datos de entonces: entre el 15 y el 20 % del mercado mundial estaba gestionado de forma pasiva, lejos del 50 % que se repetía. Pero lo importante es que el porcentaje de activos en manos de fondos indexados no fija el precio. Lo fija la negociación diaria entre oferta y demanda, y ahí la gestión indexada apenas suponía alrededor del 5 % del volumen: un fondo ponderado por capitalización casi no necesita moverse. El 95 % restante lo deciden inversores activos de todo tipo. Además, la mayor parte de la compraventa de ETF ocurre entre inversores en el mercado secundario, sin obligar a comprar o vender las acciones que contienen.
Otra prueba: cuando una empresa entra en un índice como el S&P 500, su precio sube un poco al principio y luego vuelve a su nivel normal. Si subiera siempre, bastaría con apostar a cada entrada, como haría Jim Simons con cualquier patrón con esperanza positiva. Mi respuesta corta: no hay burbuja de gestión indexada si por burbuja entendemos que infla los precios. La larga: la indexación replica el mercado, así que si el mercado está en burbuja, ella también, ni más ni menos.
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¿Dividendos sí o dividendos no?
Hay argumentos para los dos lados; yo me inclino a pensar que, como criterio de selección, el dividendo en sí es irrelevante. A favor: históricamente, en el mercado estadounidense, las acciones con mayor rentabilidad por dividendo han rendido más. En los datos de Jeremy Siegel en Stocks for the Long Run, frente a un 11,13 % anual nominal del mercado, las que menos repartían se quedaban en un 9,69 % y las que más, en un 14,22 %, con menos volatilidad.
Algo parecido ocurre si se suman dividendos y recompras, lo que se llama shareholder yield. Otros argumentos: el dividendo es algo tangible, mientras que la revalorización depende de expectativas y de una contabilidad que puede estar maquillada; si una empresa resulta ser un fraude, al menos habrás cobrado algo por el camino. Es lógico si ya vives de las rentas. Y John Bogle descomponía la rentabilidad histórica del mercado en dividendos, crecimiento de beneficios y cambio de expectativas.
En contra: repartir dividendos no crea valor por sí mismo; es un ajuste contable: la empresa tiene menos caja y el precio suele caer en esa cantidad. Con las recompras pasa algo parecido: tienes un trozo más grande de una empresa con menos caja. Lo que crea o destruye valor es la asignación de capital: repartir tiene sentido si es la mejor opción frente a reinvertir, comprar otras empresas, reducir deuda o recomprar por debajo del valor intrínseco. Además, el dividendo es ineficiente fiscalmente, porque tributas antes de reinvertir y frenas el interés compuesto, y puedes fabricar tus «dividendos caseros» vendiendo acciones cuando más te convenga, aunque así reduces tu porcentaje de la empresa.
Probablemente, la rentabilidad superior de las empresas que reparten no se debe al reparto, sino a lo que suele acompañarlo. El modelo de cinco factores de Eugene Fama y Kenneth French explica la mayor parte de la rentabilidad de cualquier cartera diversificada con el mercado, el tamaño, el valor, la rentabilidad del negocio y la inversión, este último premiando a las empresas que hacen crecer sus activos con prudencia.
Comparado con esos factores, casi ningún gestor obtiene rentabilidad extra de forma consistente. Yo, tras leer El pequeño libro que bate al mercado de Joel Greenblatt, hice mis propias pruebas con datos históricos combinando rentabilidad sobre el capital alta, precio barato frente al flujo de caja, tendencia positiva, dividendo superior al 3 %, baja volatilidad y buena salud financiera según el F-score de Joseph Piotroski. Mirando al pasado, salían rentabilidades muy altas; nada garantiza que se repitan. La lección: no ser dogmático.
¿Qué probabilidades hay de elegir ganadoras?
Un estudio de J.P. Morgan sobre unas 13.000 empresas que pasaron por el índice Russell 3000 entre 1980 y 2014 lo deja claro: el 40 % sufrió una caída de al menos el 70 % desde máximos sin recuperarse, sobre todo en tecnología y energía; el 40 % dio rentabilidades totales negativas; y dos de cada tres lo hicieron peor que el índice. Otro estudio famoso, de Hendrik Bessembinder, encontró que apenas un 4 % de las acciones explica toda la riqueza que la bolsa estadounidense ha creado por encima de las letras del Tesoro. Y otra cosa: la rentabilidad que anuncia un fondo es la de quien invirtió todo al principio, no la de quien aporta poco a poco y, además, suele entrar y salir en mal momento. La del inversor medio es sensiblemente inferior.
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La inversión no es una máquina de hacerse rico
Otro mito: ver la bolsa como la vía rápida a la libertad financiera. Con poco capital, es de las formas más lentas de generar dinero. 5.000 euros al 4 % real durante 20 años generan unos 5.955 euros; muy poco para tanto tiempo. Con 500.000 euros invertidos en un índice mundial, en cambio, puedes «comprarte» un sueldo de unos 20.000 euros al año. Por eso creo que lo prioritario es aumentar tus ingresos: invertir en ti, formarte, vivir experiencias, crear nuevas fuentes de ingresos. Invertir poco a poco sí, para aprender y crear el hábito, pero sin esperar que al principio te cambie la vida.
El mantra de los mejores días
Lo he oído en infinidad de conferencias para empujarte a estar siempre invertido: según un gráfico del S&P 500 de 1985 a 2015, estando dentro todos los días ganabas un 7,86 % anual; si te quedabas fuera de los diez mejores, un 5,27 %; de los veinte mejores, un 3,56 %; con cincuenta, en negativo. Es una falacia de prueba incompleta, porque si no estás invertido, también te quedas fuera de los peores días. Entre 1998 y 2017, estar siempre dentro daba un 7,20 % anual; evitar los cinco peores días lo subía al 9,52 %; los veinte peores, al 14,23 %; los cuarenta peores, a casi el 20 %. Y si te saltas a la vez los diez mejores y los diez peores, la rentabilidad es prácticamente la misma que estando siempre dentro. Los mejores y los peores días suelen estar pegados.
Las comparativas de los fondos
La última: gestores que presumen de sacarle siete puntos al índice comparándose con uno en otra moneda, sin dividendos reinvertidos o de otra zona geográfica. A mí me genera una total pérdida de confianza. Igual que no invertiría en una empresa que maquilla sus cuentas, no invertiría con un gestor que maquilla su comparativa. Y aunque la comparación fuera honesta, recuerda que no es la rentabilidad que obtiene el inversor medio del fondo.
Puede haber opiniones diferentes en muchos de estos puntos, y es sano. Si en el futuro cambio de opinión, será señal de que he mejorado.
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GuionGuion completo del episodio
Episodio43. Empresas que mienten, maquillan y defraudan
Episodio53. Rentabilidad: cómo mentir con estadísticas
Episodio48. Indexación: ángeles y demonios en los detalles
Episodio10. Sesgados: los fallos de la mente humana
Episodio112. Ciencia para construir pensamiento crítico
ArtículoLas 7 métricas para analizar una acción
FormaciónPdC Inversión
Libro gratuitoNacidos para Aprender
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Las 7 métricas para analizar una acción